El Arte de la Historia

7 diciembre 2009

La Colección de Pinturas del I Marqués de Leganés

Reseña biográfica del marqués de Leganés

El Marqués de Leganés de Rubens

El I marqués de Leganés se llamaba Diego Messía y Guzmán y era el cuarto hijo del conde de Uceda [ojo no confundir con el duque del mismo nombre]. Este personaje tuvo la suerte de ser primo del conde duque de Olivares, todopoderoso valido de Felipe IV; y gracias a este parentesco, e imagino que alguna valía suya, pudo ascender en el escalafón militar, social y económico de su época. Llegó a ser general de los ejércitos del rey católico en Flandes, Portugal, Alemania y Cataluña; gobernador de Milán, presidente del Consejo de Flandes, y bastantes más cosas. Tuvo algunos éxitos sonados en su azarosa vida militar, destacando la victoria sobre los suecos en Nördlinguer (1634) o el victorioso socorro de Lérida de 1647; junto con otros sonoros fracasos: en Lérida en 1642 o en la toma de la fortaleza de Casale (1639).

Siendo apenas un adolescente viajó a la corte de Bruselas, en calidad de menino de la infanta Clara Isabel de Austria (hermana de Felipe III); con breves estancias en Madrid, pasaría veinte años en la capital belga, donde pudo medrar en esta corte y alcanzar una cierta notoriedad y riqueza. Fama y fortuna que se multiplicaron cuando su primo el conde duque de Olivares alcanzó la privanza del joven Felipe IV.

Este auge social le permitió la compra de los derechos señoriales de la entonces aldea de Leganés (que desde ese momento pasó a ser villa), allá por 1626, por unos 20.000 ducados [una verdadera fortuna] y convertirse así en señor de vasallos, requisito imprescindible para poder gozar de un título nobiliario. En estas, al año siguiente, el rey Felipe IV le otorgó el título de Marqués de Leganés, título con el que alcanzaría la Grandeza de España en 1641; en tan sólo catorce años pasó de ser un simple caballero de Santiago a Grande de España, algo no muy habitual en la época. Una vez titulado se cambió el nombre y pasó a llamarse Diego Felípez de Guzmán, en honor a sus benefactores.

En su vida se le acusó de aprovecharse de sus cargos y de enriquecerse ilícitamente; tras la muerte de su protector (Olivares, en 1643), sufrió un duro proceso judicial en que le acusaron de ladrón y de cobarde en el sitio de Lérida de 1642, pero de este juicio salió absuelto y volvió a dirigir los ejércitos de Felipe IV en la guerra franco-catalana y portuguesa en los años siguientes.

Murió en 1655 en su espléndido palacio que se situaba entre las actuales calles de San Bernardo, Flor Alta, Libreros y Marqués de Leganés de Madrid. Aparte de este palacio tuvo otra grandiosa casa en Morata de Tajuña (los herederos al marquesado de Leganés son marqueses de Morata) y en nuestra ciudad una casa de campo, a la que se referían como la “Huerta de Leganés” en la vega del arroyo de Butarque. En estas viviendas estaba diseminada su magnífica colección de pinturas, que llegó a contar con 1.333 obras en el momento de su muerte, siendo una de las mayores colecciones privadas de arte de su época, no sólo de España sino de toda Europa.

La línea del marquesado quedó sin sucesión directa tras la muerte sin descendencia del nieto del primer marqués en 1711, así el título familiar pasó a engrosar la ya gruesa lista de títulos de la Casa de Altamira que llegó a tener acumuladas ¡14 Grandezas de España! Actualmente el título de marqués de Leganés (el XIV) lo posee Gonzalo Barón y Gavito (que es también duque de Sessa, de Atrisco y conde de Altamira entre otros títulos) y parece que vive en México D.F.

El coleccionismo de arte en el siglo XVII

La Vista de Jan Breughel y Rubens

En el siglo XVII hubo una verdadera fiebre por el coleccionismo; por cualquier serie de artilugios u objetos que alguien pueda imaginar: calaveras enanas, relojes, autómatas, fósiles, ídolos aztecas que se traían de América o los finos y delicados cristales de Murano, conchas marinas, estatuas romanas,…; cualquier cosa podía ser objeto de colección de los espíritus caprichosos y asombradizos de la nobleza de la época. Las colecciones se acumulaban en las lujosas cámaras de sus mansiones y ellos competían orgullosos por mostrarlas a todo el mundo. Tal fue su profusión que se llegaron dividir y clasificar de sugerentes maneras; así a las colecciones de artilugios originados por el ingenio humano las llamaban “artificialias”, y “naturalias” a las que producía la naturaleza.

La nobleza no hacía con esta costumbre otra cosa que copiar a los reyes, que eran los primeros en acumular objetos y artefactos para su distracción, solaz y deleite. Y el arte pictórico (en todas sus manifestaciones: lienzo, tabla, tapiz, grabado, etc.) no podía ser menos. En la España del siglo XVII destaca la figura de Felipe IV, que atesoró una innumerable colección de pinturas. Tres razones influyeron en este afán real: el propio gusto personal del monarca, la presencia de Velázquez como primer pintor real y la ornamentación del palacio del Buen Retiro como obra arquitectónica más señalada de la época. Pero de todas formas, no hacía otra cosa que seguir el modelo de su abuelo, Felipe II, a quien, por su pasión por los libros y códices antiguos, debemos que España posea la más completa biblioteca medieval del mundo en El Escorial.

Las salas del palacio del Buen Retiro de Felipe IV albergaron la mejor y más completa pinacoteca de su época, con cuadros de todas las escuelas y géneros pictóricos, que además era uno de los primeros ejemplos de una colección organizada con algún criterio específico: sala de paisajes, sala de retratos, sala de bufones, sala de las batallas, etc.

En este ambiente no es raro que las colecciones se prodigarán entre la nobleza española del siglo XVII. Destacando las colecciones del duque de Monterrey, marqués de Leganés, conde de Benavente, marqués de la Torre, Jerónimo Villafuerte Zapata, Juan de Velasco, Juan de Lastosa, Jerónimo Funes Muñoz, Suero de Quiñones o Juan de Espina, entre otras muchas dignas de reconocimiento. La visita, admiración y elogio, en su caso, de las colecciones era actividad obligada en la sociedad de la época; muchos grandes literatos nos dejaron glosas de las mismas: entre otros, Gracián, Carducho o el mismo Quevedo.

Por referir algunas de las colecciones más curiosas, citaré la de Juan de Velasco que se componía de curiosidades de la naturaleza y de multitud de autómatas. O la de Juan de Lastosa, en Huesca, que reunía una serie de autómatas que representaban a los más diversos animales salvajes, reales o ficticios: dragones, leones, leopardos, grifos, elefantes, rinocerontes, camellos, panteras, tigres,… O la colección de primorosos instrumentos musicales que, entro otras muchas series singulares, poseía el enigmático madrileño Juan de Espina, quien ordenó en su testamento la destrucción de una colección de figuras humanas de damas y galanes que tenía dispuestas por los corredores de su casa en fingidas fiestas (¿y bacanales?).

El marqués de Leganés es un fiel exponente de esta costumbre, que en su caso casi se convirtió en una obsesión. Es asombroso el número de artilugios que atesoraba en sus casas según se desprende del inventario que se hizo de sus bienes tras su muerte: relojes [algunos con autómatas, como en la plaza Mayor de Leganés; ¡Cuántas vueltas da el mundo!], espadas, piezas de artillería, estatuas (entre ellas una veintena de bustos de bronce de emperadores romanos), espejos,… Vicente Carducho, en sus Diálogos de la pintura (Madrid, 1633), destaca de la colección del marqués de Leganés, además de sus cuadros, su “muchedumbre” de ricos muebles y sus “espejos singulares“, así como sus “relojes extraordinarios“. En verdad, un sin fin de objetos, pero lo verdaderamente asombroso era su colección de pinturas: ¡más de 1.300 pinturas poseía el buen señor! Tan sólo por el número ya sería extraordinaria [el palacio del Buen Retiro tenía unos 800 cuadros], pero lo verdaderamente importante era la calidad de gran parte de las obras que contenía. Pero no fue el único potentado enamorado del arte, también eran notables las colecciones de pinturas del conde de Monterrey, del marqués de Castel Rodrigo, del almirante de Castilla, del duque del infantado o la del protonotario Jerónimo de Villanueva; y no sólo los nobles acumulaban pinturas, sirva como ejemplo que Las Hilanderas de Velázquez pertenecía a la esplendida colección del “plebeyo” Juan de Arce.

La colección de arte del marqués de Leganés. Inventario de la colección

El marqués de Leganés fue uno de los principales coleccionista de arte de la España del barroco, e incluso de toda Europa; poseyó obras de autores españoles, italianos y, sobre todo, flamencos. Aparte de su gusto por las obras pictóricas, Leganés contó con dos grandes ventajas para desarrollar su pasión por los cuadros, primero una fortuna personal que le permitió adquirir obras de los pintores de mayor renombre, y, en segundo lugar, una actividad diplomática, militar y política que le permitió viajar por Europa y acceder a los más prestigiosos artistas de su época, en particular debieron de ser muy fructíferas sus prolongadas estancias en los Países Bajos e Italia.

El Marqués de Leganés. Antón van Dyck

El Marqués de Leganés de Antón van Dyck

La colección de don Diego Felípez de Guzmán, incluía en 1655, año en que muere el marqués, 1.333 obras, reunidas a lo largo de toda su vida, especialmente en los años en que tuvo mayor auge su carrera política y militar. La mayor parte de las obras eran de pintura flamenca de su época, con cuadros de Rubens, van Dyck, Jordaens, Snyders, Paul de Vos, Gaspar de Crayer, Daniel Seghers, Frans Zinder, Clara Peeters, Alexander van Adrianssen, Frans Ykens, Paul Bril, Jan Brueghel de Velours, Joost de Romper, Jan Wildens,…; con muchos de estos pintores mantuvo incluso un trató personal en diversas ocasiones. En particular debió ser muy cercana su relación con Rubens, a quien conoció en su estancia juvenil en Flandes; tanto, que cuando este pintor estuvo en Madrid en los años 1628 y 1629 (curiosamente para una misión diplomática: negociar, por orden de Felipe IV, un tratado de paz con Inglaterra) se hospedó en la casa del marqués, para quien realizó varios cuadros, entre los que destaca el de “Inmaculada Concepción” (museo del Prado); cuadro que el marqués regalaría a Felipe IV. Rubens alabó el juicio artístico del marqués de Leganés con estas palabras: Se puede contar entre los más grandes conocedores del arte de la pintura que hay en el mundo. La colección se completaba con un buen número de obras de los más afamados pintores flamencos de los siglos XV y XVI: Jan van Eyck, Roger van der Weyden, El Bosco, Patinar, Metsys, Mabuse, Antonio Moro y Quintin Massys.

También era muy importante la presencia de los artistas italianos en la colección, ya que contaba con obras de los principales pintores del Renacimiento, como Rafael, Veronés, Tiziano, Correggio, Palma el Viejo, Perugino, Andrea del Sarto, Giorgio di Castelfranco, Giorgione, los Bassano,… La serie de pintores italianos se completaba con un buen número de cuadros de autores pertenecientes al manierismo y al barroco italiano: Bronzino, Giovanni Battista Crespi, Lodovico Cigoli, Guido Reni, Francesco del Cairo, Gaudenzio Ferrari, Giovanna Garçoni, Paris Bordone, Rosso Florentino o Scipione Gaetano.

En comparación con la presencia de cuadros flamencos, las obras de la escuela española era mucho menos importante en el conjunto de la colección, pero de todas formas no faltaban cuadros de las mejores figuras de su época, incluyendo obras de Velázquez, José de Ribera, Juan van der Hamen, Francisco Collantes o Juan Fernández “el Labrador”. La serie española se completaba con cuadros de artistas de finales del siglo XVI, como Alonso Sánchez Coello, Juan Pantoja de la Cruz, Juan Fernández de Navarrete “el Mudo” o el Greco. Finalmente había un extenso complemento de retratos de familia, escudos de armas y paisajes de autores anónimos.

Esta magnífica colección de obras de arte se mantuvo prácticamente intacta durante los siglos XVII y XVIII. En la propia Casa de Leganés hasta 1711, año en el que muere el III marqués de Leganés sin descendencia directa. Tras esta muerte, el mayorazgo, el título y la colección de pinturas del marqués de Leganés pasaron a engrosar los bienes de la Casa de Altamira, donde la colección permaneció prácticamente indivisa hasta que la ruina económica de esta Casa nobiliaria a principios del siglo XIX, llevó a que gran parte de esta colección se subastara públicamente el almoneda en 1833; uno de los principales compradores fue el marqués de Salamanca, quien a su vez se vio obligado a subastar al menos otros cuarenta cuadros en París en 1867. De esta forma se produjo la dispersión absoluta de la colección ante la indiferencia de un estado español que entonces no alcanzó a comprender el expolio cultural que se estaba produciendo. Hoy sus cuadros identificados (ni de lejos lo están todos) aparecen diseminados por todo el mundo en los más importantes museos y en las mejores colecciones privadas de arte (Prado, Rubenshuis, Palacio de Viana, National Galery of Washington, Cerralbo, Castres, Museum of Fine Arts, Kaiser Friedrich, Royaux des Beaux-Arts de Belgique, Graphische Sammlung Albertina, Paul Getty, Várez-Fisa, Naseiro, marqueses de Ayamonte, Banco Central,…)

Algunas de las pinturas de la colección del marqués de Leganés que pueden verse en el museo del Prado

Son numerosas las obras pertenecientes al museo del Prado que en su momento formaron parte de la colección de pinturas del marqués de Leganés, muchas de las cuales no se encuentran en la exposición permanente del museo y esperan en sus depósitos una oportunidad para que puedan ser admiradas.

Como un pequeño botón de muestra en este artículo quiero presentar media docena de estos cuadros que integran la exposición permanente del museo y otro más que inexplicablemente se oculta ordinariamente a los visitantes. Me refiero a La Inmaculada Concepción de Rubens; sirva también este artículo como instancia a quien corresponda y pueda para que se incluya a ser posible en la exposición permanente del prado.

Vieja mesándose los cabellos de Quintin Massys

Vieja mesándose los cabellos de Quintin Massys (¤ Lovaina, 1465; † Amberes, 1530), después de 1501, óleo, 55 cm x 40 cm [cat. Prado 3074; inventario marqués Leganés nº 33]

Se trata de la representación de una figura femenina de medio cuerpo que sobre un fondo negro aparece en una posición muy forzada y mesándose los cabellos. Sobre el valor simbólico de la obra se ha pensado que pueda tratarse de una alegoría sobre la Envidia o la Ira, que solían representarse con gestos grotescos y estrambóticos. Los estudios pictóricos que trataba de representar los gestos exagerados con escorzos casi imposibles fueron muy habituales en los pintores renacentistas.

Quintín Massys es el máximo exponente de la escuela de Amberes y fue un pintor que conoció y trató con Erasmo y Tomás Moro y puso el arte pictórico al servicio del humanismo.

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Federico Gonzaga, duque de Mantua de Tiziano

Federico Gonzaga, duque de Mantua de Tiziano Vecellio (¤ Pieve di Cadore, h. 1485; † Venecia, 1576), 1529, óleo sobre tabla, 125 cm x 99 cm, [cat. Prado 408; inventario marqués Leganés nº 14]

Es el retrato de Federico Gonzaga (1500-1540), duque de Mantua. El príncipe italiano aparece vestido con un elegante jubón de seda azul, y se destaca en la composición el rosario que le cuelga del pecho y el perro maltés que acaricia con la mano derecha mientras con la izquierda sujeta la espada. Todos estos elementos no se deben al azar, sino que obedecen a una simbología muy concreta: se trata de un cuadro destinado a copiarse y distribuirse por las cortes europeas para buscar esposa; el perro significa la fidelidad conyugal y el rosario el arrepentimiento de la vida disoluta que había llevado. Toda una declaración de intenciones.

Tiziano es uno de los más versátiles pintores del renacimiento italiano y destacó por la maestría en el uso del color, siempre luminoso y radiante.

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Acto de devoción de Rodolfo I de Habsburgo de Rubens

Acto de devoción de Rodolfo I de Habsburgo de Pedro Pablo Rubens (¤ Siegen, 1577; † Amberes, 1640) y Jan Wildens (¤ Amberes, 1586; † Amberes, 1653), antes de 1630, óleo, 198 cm x 283 cm, [cat. Prado 1645; inventario marqués Leganés nº 105]

La escena narra un episodio de la vida de Rodolfo I, fundador de la dinastía de los Habsburgo.

Según la tradición familiar Rodolfo estaba de caza con su escudero, Regulo de Kyburg, cuando se encontró con un sacerdote y un sacristán que llevaban la eucaristía a un moribundo. Ni corto ni perezoso, Rodolfo cedió sus cabalgaduras a los religiosos para que acudieran prestos a salvar el alma del moribundo, demostrando así su devoción por el sagrado sacramento. Es curioso que lo que no pasa de una anécdota, para los Austrias fuera un hecho clave para su bagaje familiar y dinástico. El paisaje es obra de Wildens y las figuras de Rubens.

Jan Wildens era un pintor flamenco que trabajó en el taller de Rubens, especializándose en la representación de coloridos y equilibrado paisajes, como el de esta obra.

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La visión de San Huberto de Rubens y Jan Brueghel 'el Viejo

La visión de San Huberto de Rubens y Jan Brueghel ‘el Viejo’ (¤ Bruselas, 1568; † Amberes, 1625), entre 1615-1620, óleo sobre tabla, 63 cm x 100 cm, [cat. Prado 1411; inventario marqués Leganés nº 38]

La escena narra el momento de la conversión de san Huberto. El santo se encontró a un magnífico ejemplar de ciervo cuando participaba en una batida de caza. Justo cuando se disponía a asaetarle contempló la aparición de una cruz entre las astas del animal, momento en el que se produjo su conversión al cristianismo. Este santo vivió en Lieja, en los Países Bajos, y su conversión fue ampliamente representada por los pintores flamencos.

El cuadro es fruto de la colaboración entre Rubens y Brueghel; de la mano del primero son los personajes del santo y el magnífico caballo y del segundo el esplendió paisaje que enmarca la escena.

Jan Brueghel ‘el Viejo’ fue un prolífico pintor flamenco que se especializó en naturalezas muertas, paisajes y marcos de flores; género muy apreciado por el gusto de la época.

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La muerte de Séneca de Rubens

La muerte de Séneca de Rubens, 1636, óleo, 184 cm x 155 cm, [cat. Prado 3048; inventario marqués Leganés nº 882]

El pintor nos presenta al anciano filósofo desnudo, introduciendo los pies en una bacía, donde parece esperar su muerte. Tras él vemos a un anciano abriéndose las venas (lo mismo que hará el filósofo por orden de Nerón) y un joven tomando nota de las últimas palabras del sabio, acompañado de dos soldados que contemplan la escena.

De este cuadro hay que significar que no existen referencias ambientales, pues las figuras ocupan todo el espacio compositivo, surgiendo a la luz de la absoluta oscuridad, lo que aporta una sensación de ahogo y de angustia que aumenta el dramatismo de la escena. Sensación que se agrava con los escorzos de los personajes, en particular el del mismo Séneca que parece agacharse para entrar en el cuadro. Muchos críticos han querido ver en este cuadro un homenaje de Rubens a Miguel Ángel en la figura del filósofo y a Caravaggio en el uso del contraluz.

Parece que se trata de una obra del taller de Rubens, si bien no existe consenso sobre las partes que fueron pintadas por el genial pintor; tan sólo hay acuerdo en atribuirle la cabeza del filósofo, mientras que el resto está en discusión

Rubens se considera como el representante más genuino y completo del estilo barroco en la pintura de Europa del Norte. Su influencia en la pintura europea fue muy grande gracias a su amplia producción y a la difusión que tuvo su obra por el uso del grabado.

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Retrato de enano de Juan van der Hamen y León

Retrato de enano de Juan van der Hamen y León (¤ Madrid, 1596; † Madrid, 1631), hacia 1616, óleo, 122 cm x 87 cm, [cat. Prado 7065; inventario marqués Leganés nº 541]

El cuadro es de un enano ricamente vestido y armado, que sostiene un bastón de mando en la mano derecha. Este atributo de poder militar solo al alcance de los capitanes generales, no correspondía al retratado. Con seguridad se trata de uno de los bufones que pululaban por la Corte de Felipe IV, a quienes se les vestía con lujo y ostentación al modo de grandes personajes.

En el inventario del marqués de Leganés se le nombra como retrato del “enano del conde de Olivares”, denominación que posiblemente se debía al parecido con el valido del rey. El cuadro formaba parte de una serie de ocho retratos de bufones muy conocidos de la Corte (dos de ellos pintados por Velázquez, según el inventario) que se ubicaban en la casa de campo que el marqués tenía en Leganés. Se trata de un retrato de una factura extraordinaria en el que destaca el delicado detallismo con el que está tratado el terno y especialmente la fuerza expresiva del retratado.

Juan van der Hamen es un pintor español de origen flamenco que es conocido sobre todo como un excelente pintor de bodegones, aunque también realizó pintura religiosa y retratos, como este, de gran calidad.


La inmaculada Concepción de Rubens

La inmaculada Concepción de Rubens, entre 1628 y 1629, óleo, 198 cm x 134 cm, [cat. Prado 1627]

Se trata de uno de las mejores representaciones de la Virgen, que viste una túnica roja bajo un manto azul. Siguiendo la iconografía clásica de este tipo de representación católica, la Virgen se representa coronada de estrellas y pisando la serpiente que porta la manzana del Pecado, significando la victoria de la madre de Dios sobre le pecado original. Este triunfo también se representa en las palmas y laureles que portan los ángeles que la acompañan. El arrebato de los ropajes deja entrever una composición muy “escultórica” que resalta las formas y los volúmenes del cuerpo de la Virgen.

Este cuadro pintado durante la estancia del pintor en Madrid en 1628, refleja las características del más puro estilo de Rubens, combinando el dinamismo compositivo propio del barroco con el ideal de belleza sereno y clásico que refleja el rostro de la Virgen.

El cuadro está pintado para el marqués de Leganés, quien, a buen seguro que con dolor, se lo regala a Felipe IV, quien lo destinó al oratorio del monasterio de El Escorial. Debido a un añadido que se hizo al original que modificó sus dimensiones, durante muchos años la Inmaculada de Rubens estuvo “perdida”, mientras que en los inventarios de las colecciones reales el cuadro pasó por ser obra de Erasmus Quellinus. Fue Matías Díaz Padrón, en 1966, quien desentramó el equívoco y el cuadro recupero su autoría verdadera.

Sin ningún género de dudas, se trata de una obra de arte de primerísimo orden que merece formar parte de la colección permanente del Prado junto al resto de las obras maestras del autor.

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Bibliografía

Fuentes primarias:

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  • Collection de Documents sur les anciennes Assemblées Nationales de Belgique. Editado por GACHARD, Louis-Prospère, Vol. I y II. Bruselas: Deltombe, 1853.
  • LONCHAY, Henri, CUVELIER, Joseph, LEFEVRE, Joseph. Correspondence de la cour d’Espagne sur les affaires des Pays-Bas au XVIIº siècle. vol. I-V. Bruselas: Marcel Hayez, 1923-1937.
  • Inventario de los bienes del marqués de Leganés, Archivo Provincial de Protocolos de Madrid.
  • RUBENS, Peter Paul. Correspondance de P.P. Rubens. París: G. Grès & Cie, 1927.

Fuentes secundarias

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  • AA.VV. Juan van der Hamen y León y la Corte de Madrid. Madrid: Patrimonio Nacional, 2006.
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  • BENNASSAR, M.B. La España del siglo de oro. Barcelona: Crítica, 1983.
  • BROWN, Jonathan. Felipe IV, Carlos I y la cultura del coleccionismo en dos Cortes del siglo diecisiete. En: AA.VV. «La España del Conde Duque de Olivares». Valladolid: Universidad de Valladolid, 1990.
  • BROWN, Jonathan; ELLIOTT, John H. Un Palacio para el rey. El Buen Retiro y la corte de Felipe IV. Madrid: Revista de Occidente, 1981.
  • BURKE, Marcus B. Private Collections of Italian Art in 17th Century Spain. Tesis doctoral. Nueva Cork: New York University, 1984.
  • CALVO SERRALER, Francisco. Teoría de la pintura del Siglo de Oro. Madrid: Cátedra, 1981.
  • CRUZADA VILLAMIL, Gregorio. Rubens diplomático español: Sus viajes a España y noticias de sus cuadros. Madrid: Imprenta Biblioteca de Instrucción y Recreo, 1874.
  • DÍAZ PADRÓN, Matías. El siglo de Rubens en el Museo del Prado. Catálogo razonado de pintura flamenca del siglo XVII. Barcelona: Prensa Ibérica, 1996.
  • DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio. El Antiguo Régimen: los Reyes Católicos y los Austrias. Madrid: Alianza Editorial, 1983.
  • DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio. La sociedad española en el siglo XVII. Granada: CSIC – Universidad de Granada, 1992.
  • ELLIOTT, John H. El Conde-Duque de Olivares. Barcelona: Crítica, 1991.
  • ELLIOTT, John H., PEÑA, José F. de la. Memoriales y cartas del conde duque de Olivares. tt. I y II. Madrid : Alfaguara, 1978.
  • LÓPEZ NAVÍO, José Luis. La gran colección de pinturas del marqués de Leganés. En Analecta Calsanctiana, Madrid, 1962.
  • LUCA DE TENA, Consuelo, MENA, Manuela. Guía del Prado. Madrid: Silex, 1988.
  • MARAÑÓN, Gregorio. El conde-duque de Olivares. La pasión de Mandar. Madrid: Espasa-Calpe, 1952.
  • POLERÓ, Vicente. Colección de pinturas que reunió en su palacio el marqués de Leganés don Diego Felipe de Guzmán (siglo XVII). En Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, VI, Madrid, 1898-1899.
  • SÁNCHEZ BELÉN, Juan Antonio. Los Austrias Menores. La Monarquía española en el siglo XVII. En Historia 16, serie Historia de España, nº 16, 1996.
  • TOMÁS y VALIENTE, Francisco. El poder político, validos y aristócratas, en Nobleza y Sociedad en la España Moderna. Oviedo: Nóbel, 1996.
  • Trésor de l’Art Belge en XVII.e siécle. Memorial de l’Exposition d’Art Ancien a Bruxelles en 1910. Bruselas: S.E. Buschmann, 1912-1913.
  • VOLK, Mary Crawford. New Light on a Seventeenth Century Collector: The Marquis of Leganés. En The Art Bulletin, Nueva York, 1980.

URL

Museo del Prado: http://www.museodelprado.es/bienvenido/

Biblioteca Nacional de Madrid: http://www.bne.es/

Ministerio de Cultura, museos: http://www.mcu.es/museos/index.html

La Ciudad de la Pintura: http://pintura.aut.org/

Wikipedia: http://www.wikipedia.org/

© Francisco Arroyo Martín. 2009

Artículo publicado por el autor en el número 2 de la Revista Cultural EL ZOCO.

Para citar este artículo desde el blog: ARROYO MARTÍN, Francisco. La Colección de Pinturas del I Marqués de Leganés.http://elartedelahistoria.wordpress.com/2009/12/07/la-coleccion-de-pinturas-del-i-marques-de-leganes/. 2009.

26 abril 2009

Leganés, Ciudad Cervantina

Portada de "Legané, Ciudad Cervantina"

Portada de "Legané, Ciudad Cervantina"

He publicado en bubok.com una conferencia sobre los lugares de Leganés con relación con Miguel de Cervantes o con el Quijote.
Te la puedes bajar gratis en PDF en esta dirección: Leganés, Ciudad Cervantina. Te invito a bajártela, leerla y que me digas lo que te parece.

Sinopsis:
Se trata de un recorrido por Leganés por los lugares relacionados con Cervantes o con El Quijote.
Es sorprendente las cosas que podremos descubrir en esta ciduad que rememoran la figura de Cervantes o de su personaje más universal.

Ficha

Autor: Francisco Arroyo Martín
Categoría: Ensayo
Subcategoría: Humanidades
N° de páginas: 33
Tamaño: 170×235
Estado: Público
Interior: Color

7 agosto 2007

Hasekura Tsunenaga. Un samurái en la Corte de Felipe III

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Hasekura Tsunenaga. Un samurái en la Corte de Felipe III

Por Francisco Arroyo Martín

El 28 de octubre de 1613 partió de Sendai hacía España una embajada japonesa enviada por Date Masamune [en japonés: 伊達 政宗] (1567—1636), señor feudal de la provincia de Ōshū [奥州], al noroeste de Japón [en la documentación española suele aparecer escrito de diferentes formas: Boju, Boxu, Voxu, Vojuí,... actualmente la provincia se conoce más por el nombre de Mutsu (陸奥国)]. La embajada estaba encabezada por el samurái Hasekura Tsunenaga Rokuyemon [支倉六右衛門常長] (1571—1622), capitán de la guardia personal de Date Masamune y veterano de las guerras de Corea, y contaba con el aliento de un fraile sevillano, el franciscano fray Luis Sotelo (1574—1624) que llevaba en Japón desde 1602, adonde llegó proveniente de Manila. La comitiva la formaban cerca de 200 personas, de los cuales unos cincuenta eran españoles: los frailes franciscanos que tutelaban la embajada y el resto de un naufragio de una nave española de 1611; la expedición se completaba con los diplomáticos japoneses, y las tropas y personal de su servicio, junto con un buen número de comerciantes.

La primera parte del viaje se hizo en un navío japonés de 500 toneladas de nombre “San Juan Bautista” en español, y “Date Maru” en japonés, fabricado al modelo de los galeones europeos bajo la dirección del navegante y explorador Sebastián Vizcaíno (1548—1624), que había llegado a Japón en 1611, y del inglés Guillermo Adams que estaba al servicio del ministerio de guerra del sogún Tokugawa Hidetada [徳川秀忠] (1579—1632; sogún entre 1605—1623). Actualmente existe una réplica de este barco en la ciudad de Ishinomaki, puerto desde el cual zarpó la nave.

Pero antes de contaros las peripecias del viaje y la estancia en Europa de este grupo de japoneses, conviene saber que objetivos buscaba esta misión diplomática. En primer lugar hay que señalar que la presencia de misioneros cristianos en las islas del Japón se remonta, al menos, al 15 de agosto de 1549 cuando desembarcó en Kagoshima el jesuita San Francisco Javier [monje navarro que se convertiría en la mano derecha de San Ignacio de Loyola. Fundador de la Compañía de Jesús]. Años más tarde, en 1582, los jesuitas habían conseguido un buen número de conversos al catolicismo [se habla de 150.000], lo que les permitió organizar una expedición a Roma y conseguir del Papa un obispado para la isla, cátedra que desde entonces sería ocupada por un jesuita hasta la expulsión de los religiosos extranjeros que se produjo en el siglo siguiente. En esta tesitura, el resto de las órdenes misioneras, y en particular los franciscanos, se quedaron en una situación de dependencia y subordinación respecto a los jesuitas; algo que evidentemente no gustaba.

Por otro lado, Japón había incrementado notablemente sus relaciones comerciales con los asentamientos españoles y portugueses del Pacífico, tanto en los continentales de la India como en los de los archipiélagos de Molucas y Filipinas, especialmente; los cuales desde la unificación de las dos Coronas en Felipe II en el año de 1580, dependían todas [al menos teóricamente, luego su funcionamiento era muy independiente] del Consejo de Indias (en Madrid) y de la Casa de Contratación (en Sevilla), que eran los órganos que autorizaban los permiso y franquicias de contratación. Lo que pretendía los japoneses era establecer relaciones diplomáticas con el Rey de España y establecer los acuerdos necesarios para poder negociar y comerciar directamente con América y Europa a través de los puertos del Pacífico de Nueva España (México); y lo que pretendían los franciscanos (aparte de participar en esta nueva red comercial) era la división del Japón en dos obispados y ocupar ellos al menos el del norte. Para lograrlo partieron a Madrid y Roma, las dos ciudades europeas más importantes del momento.

Viajes similares se habían intentado ya en 1610, donde la expedición la encabezaba el franciscano fray Alonso Muñoz, y dos años después por el mismo fray Luis Sotelo; en ambos casos la expedición fracasó. Lo cierto es que la situación de los cristianos en Japón empeoró notablemente a partir de 1613, llegándose a prohibir el culto en muchos territorios, si bien en el caso de Date Masamune no sólo continuó autorizando la difusión y extensión del catolicismo, sino que persiguió las prácticas de otras religiones, especialmente a los budistas y sintoístas.

Bien, pero sigamos con el viaje de Hasekura Tsunenaga, quien avista el continente americano, siguiendo la ruta tradicional del galeón de Manila, en el cabo de Mendocino, península de California, y siguiendo la costa, el 25 de enero de 1614, llega a Acapulco, principal puerto pacífico de Nueva España; tres meses después de su partida de Japón. Tras penetrar en la amplísima bahía de esta ciudad y obtener las autorizaciones pertinentes se produce el desembarco y la embajada japonesa fue recibida con gran ceremonial por los representantes del virrey de Nueva España, don Diego Fernández de Córdoba (1578—1630), marqués de Guadalcázar. De todas formas hubo que esperar un tiempo en esta ciudad para preparar el viaje a México, el séquito se hospedó en el convento franciscano del lugar. No faltaron en este tiempo de espera enfrentamientos entre miembros japoneses y españoles de la expedición; de especial relevancia fue el mantuvo el capitán de la guardia personal de Hasekura, un tal Tomé o Tomás [por el nombre algunos han querido ver que fuera hijo de algún español, pero lo más normal es que adoptara este nombre tras bautizarse] y Sebastián Vizcaíno. Se utilizaron los aceros y del duelo salió gravemente herido el arrogante marino español. Ante este hecho las autoridades españolas establecieron varias normas el 4 de marzo, encaminadas a garantizar la seguridad, el comercio y el libre movimiento de los japoneses, que no podían ser molestados por nadie so pena de graves castigos, y por contra se limitaba el uso de armas al propio Hasekura y a media docena de escogidos samuráis.

Por fin, partió el séquito de Acapulco y llegó a la ciudad de México el 25 de marzo. En esta ciudad fueron recibidos con la mayor pompa y boato por el propio virrey, el arzobispo de México, Juan Pérez de la Serna (1573—1631), y el provincial de la orden franciscana. A todos ellos se les entregaron las cartas y credenciales de Date Masamune, daimio de Sendai, el cual les manifestaba su gran interés en que sus representantes viajaran a España y a Roma para llevar mensajes de paz al rey de España y establecer relaciones diplomáticas y comerciales en Nueva España, y para pedir al Papa que envíe misioneros católicos y un alto delegado papal [un obispo más, vamos] para evangelizar todo el Japón. Durante la estancia en México, en las celebraciones religiosas en torno a la Semana Santa, se produjeron varios bautizos colectivos: así el día 9 de abril se bautizaron 20 japoneses, y otros 22 el día 20; y tres días más tarde recibieron la confirmación de manos del arzobispo nada menos que 63 nipones. Hasekura no quiso tomar estos días el bautismo, ya que prefirió reservarse y recibirlo en Europa, en Roma o en Madrid, donde efectivamente lo hará, como veremos.

De todas formas, y a pesar de estas muestras de fervor religioso, en Japón pintaban bastos para los cristianos, ya que, el primero de febrero del 1614, el sogún Tokugawa Hidetada [el sogún era el gobernador militar del imperio japonés, y de hecho quien ostentaba el poder político al que se sometían los daimios, que eran los señores feudales de las distintas provincias; el emperador carecía de poder efectivo en el territorio y se había convertido en una figura simbólica y de carácter casi ceremonial] había decretado la prohibición de la práctica del cristianismo y la expulsión de los misioneros extranjeros. Al menos, Date Masamune, que, recordemos, era el daimio de Hasekura, esperó hasta el regreso de la embajada diplomática a Europa para aplicar en Ōshū la dura ley del sogún. Pero esto todavía se desconocía en México.

En el momento de partir de la capital de Nueva España, la comitiva se dividió: los españoles se quedaron en Nueva España, excepto los frailes que siguieron con Hasekura; y de los japoneses, una treintena continuaron el viaje hacía Europa, algunos, pocos, se quedaron en Nueva España a esperar la vuelta de Hasekura, y el resto volvió a Acapulco para regresar, de nuevo en el “San Juan Bautista”, a Japón. Después, la reducida comitiva encaminó sus pasos por el camino real al puerto atlántico de Veracruz, donde el 10 de junio, a bordo del galeón “San José”, comienzan la travesía del Golfo de México con dirección a La Habana. La intención era coger en la capital de la actual Cuba un barco de los que integraban la Flota de Indias.

Era La Habana el puerto del caribe donde la Flota de Nueva España [puerto de referencia Veracruz, actual México] se unía a los Galeones de Tierra Firme [puerto de referencia el de Cartagena, actual Colombia, y Portobelo en Panamá] para iniciar el viaje anual de regreso a España. Poco a poco fueron llegando los barcos cargueros y se fueron aprestando los buques de guerra de la Armada de Barlovento que escoltarían a la flota hasta el final del canal de Bahama, cerca de las Bermudas. Por fin, el 3 de agosto, a bordo del galeón “San Juan de Lúa”, la embajada inicia la travesía del Atlántico en la flota que comandaba el almirante don Antonio Oquendo. La presencia de la comitiva japonesa se recuerda hoy en La Habana con una estatua de bronce, erigida el 26 de abril de 2001, en honor de Hasekura Tsunenaga.

El viaje por el atlántico continuó sin contratiempos graves si exceptuamos alguna tormenta más que seria y la incertidumbre de que se produjera algún ataque corsario a alguna nave retrasada; que no se disipó hasta que en las Azores se vislumbraron las naves de la Armada del Océano, que escoltarían a la Flota hasta su llegada a la bahía de Cádiz. Una vez que se avistaron las costas andaluzas, se mandó aviso a la ciudad de Sevilla de la llegada de la embajada el 30 de septiembre y de las intenciones de la misma. La ciudad empezó desde ese momento a preparar el recibimiento que merecía tan excelsa visita.

Así, tras dos meses de navegación, el 5 de octubre, la flota llegó a la desembocadura del Guadalquivir y arribó a la barra de Sanlúcar de Barrameda. Debido al gran calado de algunos buques, lo que les impedía navegar río arriba hasta Sevilla, hubo que hacer el traspaso del cargamento de estas naves a las barcazas y gabarras fluviales, momento que también se aprovechaba para escamotear a la Hacienda Real un buen número de mercancías y efectos. Pero para los japoneses era acumular un retraso más a su dilatado viaje, del que pronto se cumpliría un año del día de la partida de Japón. Inmediatamente se enviaron las pertinentes cartas de presentación al ayuntamiento de Sevilla y a Madrid, a Felipe III (1578—1621), anunciando su llegada y las intenciones de su viaje.

Una vez que arribó la embajada de japonesa, acudió a presentar los honores pertinentes Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, VII duque de Medina Sidonia (1550—1615), que era el señor de la villa de Sanlúcar de Barrameda y además era el capitán general del Mar Océano y de las costas de Andalucía y el representante de la principal familia andaluza. Hasekura y los principales miembros de la expedición fueron hospedados en la residencia ducal, donde fueron atendidos con la típica suntuosidad y pompa del magnate andaluz.

La ciudad de Sevilla encargó a unos de sus regidores, al veinticuatro Diego Caballero de Cabrera, que además era hermano de fray Luis Sotelo, que atendiera a los viajeros y que hiciera los preparativos necesarios para su entrada en Sevilla. El duque, a instancias del ayuntamiento sevillano, aparejó dos galeras para conducir a la comitiva a Coria del Río, donde tendrán que esperar hasta el día que sean recibidos en la ciudad. En esta localidad fueron hospedados, siempre a cargo de la ciudad de Sevilla, por Pedro Galindo, que atendió con esmero y cuidado a sus huéspedes. Incluso, la capital andaluza, envió una representación, formada por el citado Diego de Cabrera, Bartolomé López de Mesa, Bernardo de Ribera, y el propio Pedro Galindo, junto con un buen número de jurados y caballeros que los acompañaban, para que dieran la bienvenida al embajador y le felicitaran por su feliz viaje. Algo que satisfizo mucho a Hasekura y le hizo albergar esperanzas de éxito en su misión.

Por fin, el 21 de octubre [no coinciden en este dato los cronistas y algunos dan la fecha del 23] tiene lugar la fastuosa recepción en la ciudad de Sevilla. Hasekura partió de Coria del Río con su séquito, formado por el religioso sevillano y una guardia personal compuesta por los samuráis y una decena de soldados, todos elegantemente vestidos al modo japonés y, para dejar clara su intención, todos portaban rosarios al cuello; también iban con ellos los veinticuatro sevillanos Bartolomé López de Mesa y Pedro Galindo. Desde su salida de Coria la comitiva fue aumentando de número con infinidad de curiosos que no querían perderse la ocasión de ver de cerca tan singulares personajes. Pero esto no fue nada en comparación con la multitud que se agolpaba entorno al puente y a la puerta de Triana; toda la ciudad, desde el camino o desde las barcas en el río, querían conocer a tan ilustres y sorprendentes visitantes.

Cruzaron el puente de barcas de Triana numerosas carrozas y cabalgaduras y un sinfín de gente de todo tipo; tan grande fue el número que en algunos momentos se puso en peligro la propia integridad de la comitiva a pesar de los denodados esfuerzos de los alguaciles y justicias que intentaba poner un mínimo de orden en la procesión. [Quien conozca esta ciudad en Semana Santa podrá imaginárselo sin esfuerzo]. En la puerta de Triana les esperaban toda la nobleza de la ciudad y los miembros del ayuntamiento sevillano encabezados por el corregidor y asistente de Felipe III en la ciudad, Diego Sarmiento de Sotomayor (¿?—1618), primer conde de Salvatierra, que en nombre del rey y de la ciudad dio la bienvenida a el embajador, quien se apeó de la carroza y recibió y proporcionó las oportunas cortesías; mostrando en todo momento el sumo placer y honor que recibía de tan grandioso recibimiento. Después, Hasekura montó a caballo y se colocó junto al conde de Salvatierra, quienes, flanqueados por los alguaciles mayores de la ciudad y por el capitán de la guardia japonesa, condujeron la cabalgata por la ciudad hasta las puertas de Alcázar Real, donde se hospedaría el embajador a costa de la ciudad. Durante todo el trayecto estuvieron acompañados por millares de sevillanos que los saludaban alborozados a su paso. A su llegada a la residencia real sevillana fueron recibidos por Juan Gallardo de Céspedes, su alcaide. Así terminó esta jornada. Durante los días siguientes, Hasekura, como cualquier turista de hoy en día [pero sin cámara de fotos], recorrió la ciudad, visitó la catedral y, como no, subió a la Giralda para disfrutar desde lo alto de la magnífica visión de Sevilla y del Betis.

El día 27 de octubre tuvo lugar la recepción oficial de la embajada por el ayuntamiento sevillano. Sentado junto al conde de Salvatierra, Hasekura expuso los motivos y razones de su embajada en japonés que el padre fray Luis Sotelo interpretó en castellano, y que no eran otros que extender la fe en Cristo por todo el Japón y alcanzar un tratado de amistad y comercio con España; después entregó una carta de Date Masamune, que también tradujo el fraile franciscano, en la que se exponía su pretensión de ponerse bajo la autoridad del papa y de comenzar un periodo de amistad fraternal con el rey de España; seguidamente, fray Luis Sotelo hizo una relación de las incidencias del viaje, de la situación del cristianismo en Japón y una petición de ayuda económica para continuar su labor. Acto seguido respondió el conde de Salvatierra, diciendo que la ciudad de Sevilla ayudaría en todo lo que pueda al éxito de la misión y que él, en calidad de asistente real, transmitiría fiel y puntualmente todo el contenido de la embajada a Felipe III. Por último, entró en la sala capitular del ayuntamiento de Sevilla el capitán de la guardia de Hasekura para hacer entrega de la carta original de Date Masamune y de un daishō [大小], conjunto de las dos espadas tradicionales japonesas: la katana [] y la wakizashi [脇差]. [En los archivos sevillanos se conserva la carta original, pero las espadas desaparecieron tras los tumultos de 1868]. Después, como se trataba de una sesión ordinaria, la embajada abandono la sala y el cabildo continuó su sesión.

Los japoneses prolongarán su estancia en Sevilla durante un mes más, y en este tiempo el Alcázar sevillano recibirán innumerables visitas de cualquiera que fuera algo en Sevilla: nobles, jueces, cargos públicos,… y en particular sentirán el calor y el cariño de los sevillanos que, como veremos, dejará profunda huella en muchos de ellos. Hasekura, por su parte, realizó numerosas visitas a la catedral y al convento franciscano de la ciudad. También serán abundantes los actos festivos que se harán en su honor y homenaje: comedias, bailes, saraos,… Existe una relación de gastos del Libro de Cuentas, según la cual, el ayuntamiento de Sevilla se gastó más de 2.600 ducados en la estancia de la embajada japonesa [al cambio actual del precio del oro unos 142.000 €, mas de 23.000.000 millones de ptas.].

El 25 de noviembre la embajada abandona la ciudad hispalense con dirección a la capital de la monarquía hispana. La comitiva la componen unas cuarenta personas, dos carros, dos literas y cerca de cincuenta animales de carga. La ciudad de Sevilla, atenta hasta el último momento, designa a Gonzalo de Guzmán, junto con personal de servicio, para que acompañe y asista a la embajada hasta su llegada a Madrid.

Ciudad a la que llegarán el 20 de diciembre, tras un viaje en el cual la comitiva fue objeto de atención por todos los lugares por donde pasaron, destacando la parada de varios días en Córdoba y el recibimiento por el arzobispo de Toledo en la catedral primada. No fue tan espectacular el recibimiento en la Corte como lo había sido en Sevilla, seguramente, además de la información qua había trasmitido el conde de Salvatierra, también se tendrían noticias de la nueva situación en Japón y de las persecuciones que se habían iniciado contra los cristianos tras el decreto del sogún de febrero de 1614. Siempre se trató a la embajada como una delegación de un principado menor, en ningún momento se la consideró como la representación oficial del emperador o del sogún; en consecuencia el protocolo se ajustó a este rango.

Además, los agentes de los comerciantes de Nueva España y Filipinas debían mirar con recelo las intenciones comerciales de los japoneses, y a buen seguro que no tardaron de mover sus influencias en la Casa de Contratación y en el Consejo de Indias para que se mantuviera el estado actual en las relaciones comerciales con Japón. Estos dos órganos siempre se manifestaron contrarios a esta nueva alianza con los japoneses que podría poner en peligro la exclusividad comercial de los asentistas de Manila y Acapulco. Tampoco convine olvidar la creciente pujanza de los jesuitas en la Corte madrileña, que se habían hecho con el influyente Colegio Imperial y estaban fabricando su nueva y magnífica sede en la calle de San Bernardo; quienes a buen seguro no dejaron de medrar para que la misión acabará en fracaso y poder mantener el monopolio evangelizador en Japón. Así, el alojamiento de la embajada no fue en ningún palacio o residencia real ni en ninguna morada de los miembros de la nobleza cortesana, ni tan siquiera fue en alguno de propiedad municipal, sino en el convento de San Francisco de la localidad.

Más de un mes, hasta el 30 de enero de 1615, hubieron de esperar Hasekura y Luis Sotelo para ser recibido por Felipe III. En la audiencia real se reiteró la exposición de Hasekura sobre los deseos de su señor, el daimio Date Masamune, de mantener relaciones diplomáticas y establecer alianzas con España y que se cristianice todo el Japón; si bien en esta ocasión se hizo mucho más hincapié en la vertiente política y económica de la embajada; acto seguido se le hizo entrega a Felipe III de una carta original de Date Masamune [de la que se desconoce su actual paradero] fechada el año 13 a cuatro días de la novena luna, que se correspondía con el 6 de octubre de 1613, unos días antes de que partiera la embajada, como hemos visto. Luis Sotelo volvió a ser el intérprete de Hasekura e hizo un alegato ante el rey en defensa del acuerdo, ya que permitiría acercar posiciones con el sogún Tokugawa Hidetada para neutralizar la influencia holandesa e inglesa en Japón.

Hasekura estará alrededor de ocho meses en Madrid, por un lado preparando el viaje a Roma y por otro intensificando los contactos con las principales personalidades de la Corte al objeto de llevar a buen puerto su misión. Varias veces se entrevistó con el valido de Felipe III, el todopoderoso Francisco Gómez de Sandoval Rojas y Borja (1553—1625), I duque de Lerma, y con el nuncio apostólico del papa en Madrid.

Pero quizás el acto social de mayor trascendencia fue el bautizo del propio Hasekura en la capilla del monasterio de las descalzas reales de Madrid. Fray Luis Sotelo escribió una relación a su hermano Diego Caballero de Cabrera del desarrollo de este acontecimiento según el cual se desarrolló de la siguiente forma. El 17 de febrero de 1615, a las tres de la tarde, acudió a la citada capilla Felipe III, acompañado de su hija Ana de Austria (1601—1666) [que en las crónicas aparece como “Reina de Francia” ya que en esas fechas su matrimonio estaba concertado con Luis XIII de Francia (1601—1643), si bien su matrimonio por poderes se realizará en Burgos el 18 de octubre de 1615 y en persona en Burdeos el 21 de noviembre de ese mismo año, ya que ambos contrayentes tenían apenas 14 años, su matrimonio no se consumará hasta cuatro años más tarde. Chascarrillo “rosa”: esta es la reina sobre la cual se sospecha que tuvo algún affaire con el duque de Buckingham; la de los tres mosqueteros, vamos]. También acudieron a este acto la infanta María Ana de Austria; al parecer el príncipe Felipe estaba enfermo y se quedó en palacio con los otros dos infantes: Carlos y Fernando. A la celebración acudieron los principales caballeros de la Corte, entre ellos muchos Grandes, quienes junto a los japoneses se distribuyeron por las gradas. Hasekura estuvo acompañado toda la ceremonia por Lope de Moscoso Osorio (1555—1636), VI conde de Altamira, mayordomo mayor de la infanta Ana. El bautizado tuvo como padrinos al duque de Lerma y la condesa de Barajas. El oficiante fue el capellán mayor de Felipe III, Diego de Guzmán, ya que el arzobispo de Toledo tenía perlesía en las manos lo que le impedía oficiar el bautismo, si bien estuvo presente en la ceremonia. El bautizo se hizo con toda la solemnidad y destaca fray Luis Sotelo el afecto y gran devoción del japonés. Su nombre cristiano fue Felipe Francisco Hasekura.

Inmediatamente acabado el bautismo, el duque de Lerma llevó al embajador al cuarto real donde se entrevistó con Felipe IV, quien le felicitó y le pidió que le encomendase a Dios. Por su parte, Hasekura, agradeció su presencia y que le hubiera permitido usar su nombre y que esperaba que este acontecimiento tuviera su efecto y salvara muchas almas en Japón. Tras abandonar el monasterio la embajada fue escoltada por la Guardia Real hasta San Francisco, donde fueron recibidos por toda la comunidad franciscana con un solemne Te Deum Laudamus y gran aparato de música y canto.

La otra etapa del viaje era Roma, y tras conseguir la licencia real, hacía allí partió la comitiva el 15 de agosto de 1615. Se une a ellos como intérprete el doctor Escipión Amati que publicaría a finales de ese mismo año una crónica de la embajada: Historia del Reyno Di Voxy Del Giapone, Dell’Antichita Nobilita, E Valore Del Svo Re Idate Masamune,…; el veneciano Gregorio Matías y el intérprete Francisco Martínez. En el séquito todavía viajaban veintiún japoneses.

La ruta fue la habitual para los desplazamientos a Italia: Alcalá de Henares, Daroca, Zaragoza, Lérida y Barcelona; donde por mar se dirigirían a Génova para alcanzar Roma. Por todos estos lugares la comitiva se convirtió en un foco de atracción, así en las distintas localidades se esperaba su llegada para realizar los oportunos honores y saludos; los visitantes aprovechaba estas paradas para visitar los templos y monasterios franciscanos que financiaron la mayor parte del viaje.

De todas formas, en España y tras conocer las preocupantes noticias que llegaban de América, la posibilidad e llegar aun fructífero entendimiento cada vez eran menores; así en septiembre de 1615 el Consejo de Indias se manifestaba contrario a la alianza comercial con Japón a través de Nueva España, alegando que afectaría negativamente a los intereses de los mercaderes portugueses de la India y Macao y a los españoles de Filipinas. Por estas mismas fechas, en concreto el 20 de septiembre, Felipe III ordena al conde de Castro, embajador en Roma, para que vigile de cerca las audiencias ante el Papa. Además le indica que en lo relativo a las decisiones sobre el envío de misioneros a Japón debe atenerse a lo que indique el nuncio apostólico en España.

De todas formas la embajada sigue con su misión, y a principios de octubre de 1615, parten del puerto de Barcelona en dos fragatas y un bergantín con dirección al puerto genovés de la Saonna. Debido a unas fuertes tormentas la expedición tuvo que hacer un alto en la localidad francesa de San Tropez. En las crónicas del lugar quedó constancia de la visita de tan extraños personajes, en las cuales destacaban que los japoneses no tocaban la comida con las manos y ¡qué usaban unos palillos para acercarse los alimentos!; también llamó su atención que se sonaran los mocos con pequeños y suaves trozos de papel que desechaban después de su uso; pero lo que más destacan los cronistas galos son sus espadas de las cuales dicen que su forja era de un acero tan afilado que podían cortar un papel con tan solo la presión de un soplo.

Tras este incidente llegan a la ciudad de Génova a mediados de octubre, donde son recibidos por toda la nobleza de la ciudad y por el senado. A los pocos días inician su periplo por Italia que les permitirá alcanzar la ciudad eterna el primero de noviembre. El papa Pablo V (1550—1621), recibió a Hasekura con premura y así se le concede la audiencia el mismo día 3 de noviembre en el Sacro Colegio Cardenalicio; a la audiencia acude lo más selecto de la curia romana, grandes señores, prelados y embajadores. En el acto se repite el mismo ceremonial que hemos visto en Sevilla y en Madrid intervenciones del franciscano y del embajador japonés con la lectura de la carta, que Date Masamune destina al pontífice [De esta carta se conservan los originales en japonés y latín en los archivos vaticanos]. En la carta se pedía al papa que intercediera ante Felipe III para favorecer un tratado comercial y de amistad entre Japón y España y le pedía que enviara misioneros al Japón; en parte venía a decir:

Besando los pies santos del más grande, universal y mayor santo del mundo entero, al papa Paulo, con la sumisión y mayor reverencia, yo, Date Masamune, rey de Wôshû en el imperio de Japón, le suplico: (…) El Padre franciscano Luis Sotelo vino a nuestro país a esparcir la fe de Dios, entonces, aprendí sobre esta fe y deseé hacerme cristiano, si bien todavía no he logrado cumplir este deseo debido a ciertas dificultades. Sin embargo, para conseguir que mis súbditos se hagan cristianos, deseo que enviéis a misioneros de la iglesia franciscana. Por mi parte os garantizo que podréis construir una iglesia y que los misioneros gozarán de protección. También es mi deseo que escojáis y enviéis a un obispo. Para este fin he enviado a mi samurái Hasekura Tsunenaga Rokuyemon, como mi representante para que acompañe a través de los mares a Luis Sotelo en su viaje a Roma, y os ofrezca una muestra de obediencia y os bese los pies. (…) También, y puesto que nuestro país y Nueva España son países vecinos, para que os pida que intervengáis todo lo que podáis en la negociación con el rey de España; que todo será en beneficio de enviar misioneros a través de los mares (…)

La respuesta del papa la dio Pedro Trocio, secretario apostólico y doméstico de su santidad, en la cual le manifestó la alta estima que había producido la llegada de la embajada de tan remoto lugar. El papa mostró escaso interés en comprometerse en interceder frente a Felipe III en lo relativo a las relaciones comerciales con España. Si accedió al envío de misioneros y llegó incluso a nombrar a fray Luis de Sotelo como obispo de Mutsu, si bien con algunas condiciones: la obligación de fundar un seminario y que la su consagración debía hacerse en España por el nuncio apostólico; esta consagración nunca se llevó a cabo [En 1626 se imprimieron estos testimonios en castellano y latín en México]. No eran los mejores momentos para establecer relaciones entre países tan diferentes; sin ir más lejos, apenas unas semanas después, en Japón, se restringiría el comercio extranjero a tan sólo dos puertos: Nagasaki y Hirado; y como otro botón de muestra, recordar que en este mismo año de 1615, Galileo Galilei tuvo que enfrentarse a los tribunales de la inquisición y renegar del heliocentrismo y admitir que la Tierra era el centro del universo y de la Creación. No estábamos, evidentemente, en los mejores tiempos para la anuencia y la tolerancia mutua.

Pero la vida sigue y los actos políticos, religiosos y ceremoniales continuaron en Roma: así, se realizó el bautismo de otros cuantos japoneses, entre ellos el secretario personal de Hasekura, y otros recibieron la confirmación; el Senado de Roma concedió al embajador el título honorífico de ciudadano de Roma [el documento se conserva en el museo de Sendai]; en recuerdo de la visita de la embajada japonesa se pintaron unos frescos con este motivo en la sala regia del palacio del Quirinal donde aparece Hasekura conversando con Luis Sotelo, rodeado por otros miembros de la embajada. Pero no nos engañemos se trataban, ya entonces, de una parafernalia que, como los catafalcos barrocos, ocultaba tras una suntuosa fachada la triste realidad: tras dos años en Europa la embajada japonesa carecía de compromisos concretos, no los había conseguido del papa ni del rey de España.

Tras dos meses en Roma, el siete de enero de 1616, la comitiva comenzó el viaje de vuelta: Roma, Livorno, Génova, Barcelona, Zaragoza, Alcalá Henares, y… Sevilla. Esta vez había orden real de que la comitiva continuara directamente hacia el sur sin detenerse en la capital. En parte por ahorrarse gastos, en parte por no dar más vueltas a unas conversaciones y entrevistas cada vez más carentes de sentido político. El viaje iba de mal en peor y las desgracias no sólo son diplomáticas, parece ser que el fraile franciscano se rompe una pierna en este viaje de vuelta y Hasekura sufre un agudo proceso febril que le deja al borde de la extenuación.

En Sevilla se alojan en el convento de Nuestra Señora de Loreto de Espartinas. De la treintena de japoneses que quedaban en España, unos veinte, acompañados de algunos frailes franciscanos, vuelven a Japón. Pero Hasekura y Sotelo se resisten a marchar y con una voluntad férrea continúan escribiendo al papa, al nuncio, al rey, al valido,…; pero tan sólo consiguen el apoyo, y cada vez más tímido de ayuntamiento sevillano. Al igual que lo había hecho en Roma, el embajador insistía pertinazmente en que la autoridad y la fuerza del reino de, Ōshū, eran superiores a la de muchos países europeos, y que su señor pronto se iba a convertir en el máximo mandatario de Japón, y que tenía decidido acatar el poder espiritual de Roma y extender el cristianismo por todo el imperio japonés. Pero apenas consiguen que Felipe III remitiera, el 12 de julio de 1616, una amable carta de respuesta al rey de Boju, en la cual le expresa el trato considerado que había prestado a la embajada y le manifiesta su deseo que se continúen los esfuerzos diplomáticos para conseguir el loable fin de extender el cristianismo.

Aunque las noticias que llegaba de Japón parecían confirmar que efectivamente Date Masamune estaba protegiendo a los cristianos en su reino de las persecuciones ordenadas por el sogún en 1614, los ministros españoles dudaban que los acuerdos que alcanzaran con Hasekura verdaderamente tuvieran valor ante Tokugawa Ieyasu, que a pesar de su retiro [moriría el primero de junio de 1616] mantenía un gran poder político, y mucho menos por el sogún efectivo de Japón, su hijo Tokugawa Hidetada [Felipe III en sus cartas se refería a el como el universal señor del Japón], que era mucho más xenófobo e intolerante que su padre; y que contemplaba la práctica del cristianismo como un peligro para la estabilidad del imperio japonés ya que permitía la posibilidad de establecer fidelidades al margen de la estructura feudal existente; además de su intención de atajar el contrabando y comercio clandestino que las órdenes religiosas, en particular los jesuitas, tenían organizado y casi institucionalizado.

Un año más aguantó en Sevilla la embajada japonesa, pero sin medios económicos y agotados los recursos diplomáticos, Hasekura y Sotelo, en el “Santa María y San Vicente”, parten de Sevilla hacia Japón el cuatro de julio de 1617, acompañados por otro franciscano y los japoneses que restaban. Casi tres años después de su llegada a las costas andaluzas, abandonan Europa tremendamente decepcionados y contrariados por el fracaso de su misión. Como ya se ha avanzado anteriormente, los intereses comerciales existentes y las tremendas luchas intestinas entre las diferentes órdenes misioneras, junto con la intransigencia y xenofobia que se extendía por el Japón, hicieron fracasar irremediablemente la embajada diplomática. ¡Se tardarán 200 años en que llegue a Europa, en concreto a Francia, otra delegación japonesa!

Pero algo quedó en España de esta visita. Todo parece indicar que un reducido número de japoneses no volvió a su país y decidió quedarse a vivir en Sevilla y alrededores. A causa de esto, hoy existen varios centenares de personas descendientes de estos nipones; reconocibles por sus rasgos ligeramente orientales y, particularmente, porque llevan el apellido «Japón» [1.851 personas en toda España, de las cuales 1.344 en la provincia de Sevilla, según el padrón de 2006]

Alcanzaron las costas mejicanas a principios de 1618. Inmediatamente se dirigieron por tierra a Acapulco donde les esperaba, desde 1616, el “San Juan Bautista”. El barco había realizado un segundo viaje comercial de Japón a Nueva España cargado de especias, sedas y productos lujosos, los cuales generaron tal demanda que obligaron al gobierno virreinal a establecer precios tasados y límites estrictos a las transacciones. Al objeto de financiar en parte los elevados gastos de la embajada, Hasekura consigue una autorización para cargar el barco de diversos productos en Acapulco y poderlos vender después en Manila; puerto al que arribaron en abril de 1618.

Es sorprendente que Hasekura permaneciera dos años más en Filipinas, donde fue tratado muy cordialmente por las autoridades, tanto por el gobernador como por el obispo, como se refleja en varias misivas. Pero en esta estancia ya su único interés era liquidar la expedición y recuperar en lo posible los gastos; y para este fin, en julio de 1619, se vendió el “San Juan Bautista” a las autoridades españolas. Según parece el estado de la flota de guerra del archipiélago filipino estaba en un estado deplorable lo que permitía que los corsarios ingleses y holandeses, los piratas malayos y demás filibusteros del mar acosaran insistentemente a los navíos y puertos españoles. En este estado de cosas la robustez, tamaño y buen armazón del buque [que recordemos tenía una bodega de 500 toneladas de carga], permitía el apresto de artillería con la finalidad de trasformarlo en un buque de guerra; lo que se hizo con celeridad después de su adquisición. En julio de 1620 Hasekura partió de Manila, y será en este puerto donde verá por última vez al franciscano Luis Sotelo, que ante las graves noticias que se tenían de la situación Japón decide quedarse para preparar su regreso, ya de forma clandestina, a Japón.

Finalmente, Hasekura volvió a pisar tierra japonesa en agosto de 1620, cuando entró en el puerto de Nagasaki. Aún le quedaría un buen trecho para llegar a su destino, a Sendai, pero comparado con lo que dejaba atrás se puede decir que estaba en casa. Luis Sotelo escribió en su Relatio del statu de De ecclesiae Iaponicae que a su llegada a Sendai, que su compañero de viaje fue recibido como un héroe.

Pero en estos siete años que Hasekura había estado fuera, su país había cambiado drásticamente: desde 1614 el cristianismo estaba prohibido; el nuevo sogún, Tokugawa Hidetada, había limitado el contacto con los extranjeros y las relaciones comerciales; y Japón se movía hacia la política del sakoku [鎖国], del aislamiento y cierre del país, que se impondría oficialmente desde 1641 y que duraría hasta que en 1853 se firme el tratado de Kanagawa, y en la que se llegaría incluso a prohibir relatar sus experiencias a todas aquellos que hubieran estado en el extranjero.

Cuando Hasekura se postró frente a Date Masamune y le narró en persona los resultados de su misión, la decepción del daimio fue tremenda y del despecho se pasó a la ira. Aunque Date Masamune, a pesar de que era conocedor del fracaso de su delegación en Europa, se mantuvo firme en retrasar la aplicación de ley del sogún contra los cristianos hasta la vuelta de su embajador, una vez que hubo regresado fue implacable; y a los dos días de la llegada de Hasekura a la corte de Sendai se publicaron las siguientes medidas contra los cristianos:

· Se prohibió el cristianismo y su práctica; y se ordenó a todos los cristianos que renieguen de su fe, bajo pena de muerte, que se rebaja al destierro si son nobles. Todos ello de acuerdo con el decreto del sogún del primero de febrero de 1614.

· En segundo lugar de establecía un recompensa para todos aquellos que denunciaran a los criptocristianos.

· En tercer lugar se ordenaba la expulsión inmediata de todos los propagadores del cristianismo o el abandono de su religión.

Pero antes de terminar narrando las consecuencias del fracaso de la embajada y las especulaciones sobre el destino de nuestro embajador, no puedo olvidarme del padre Luis Sotelo que le dejamos en Manila. Dos años más tuvo que esperar el franciscano para preparar su regreso a Japón donde pesaba continuar su labor evangelizadora a pesar de las severas prohibiciones. Acompañado de otro fraile de la orden y dos jóvenes cristianos japoneses, Sotelo parte, de incógnito y disfrazado de comerciante, en un barco chino con dirección a Nagasaki, donde llegaron en septiembre de 1622. Nada más arribar, el capitán del barco los delata con la intención de cobrar la recompensa; inmediatamente son puestos bajo la jurisdicción del tribunal comisionado para las causas contra los cristianos. Cuando trasciende la personalidad del fraile, el propio sogún Tokugawa Hidetada se interesa por el caso; pero a pesar de haber sido su embajador oficioso hace algunos años no intercede por él y es encarcelado en Omura. El juicio que se sigue dura casi dos años y acaba dramáticamente con la condena a muerte de los inculpados; el 25 de agosto de 1624, Luis Sotelo, sus dos compañeros japoneses, el jesuita Miguel Carballo y el dominico Pedro Vázquez de Santa Catalina son quemados vivos. El papa Pío IX le beatificó en 1867.

Volviendo a Hasekura, todo hace pensar que el relato que hizo a Date Masamune de su viaje y estancia en Europa fue apasionado y entusiasta, lo que le pudo llevar a distorsionar en parte la realidad y mostrar una imagen exagerada de la grandeza y el poder de España y de la religión católica. Incluso parece que siguió alimentando el ego del daimio con la vieja engañifa de los franciscanos, según la cual una alianza con España y Roma le permitiría contrarrestar el poder del sogún, y, ¿por qué no?, convertirse en el regente de todo el imperio japonés. Evidentemente la realidad del Japón de 1620 era bien distinta y esa posibilidad era irrisoria; la visión política de Date Masamune enfocó rápidamente dónde estaba su aliado más útil que no era otro que Tokugawa Hidetada. En estas circunstancias, apenas un mes más tarde comenzaron las muertes de cristianos en el reino de Ōshū. Algunas informaciones señalan que la aplicación de las medidas anticristianas fueron relativamente suaves comparadas con el resto del Japón; incluso algunos han señalado que lo hizo tan sólo para apaciguar la presión a la que le sometía el sogún. Pero lo cierto es que el daimio de Sendai informó puntualmente de todo lo relativo a la embajada a Europa a Tokugawa Hidetada, y sin duda estas informaciones contribuyeron a la ruptura total de las relaciones con España a partir de 1624, cuando se estableció que tan sólo dos barcos europeos al año podrían atracar en el puerto de Nagasaki: uno holandés y otro inglés; precisamente con los primeros se estaba en guerra de nuevo desde 1621 [tras la ruptura de la tregua de 1609], y con los segundos la guerra abierta comenzaría en 1625 [tras su intento fallido de invadir la península ibérica por la bahía de Cádiz]. Además recordemos que en España reinaba Felipe IV desde 1621, quien había iniciado, bajo el gobierno del conde duque de Olivares, un ciclo belicista en sus relaciones internacionales [este rey, a pesar de gobernar más de 45 años, tan sólo tuvo una semana de paz, en el resto de su reinado siempre tuvo al menos una guerra declarada; si bien es cierto que en la mayoría de los caso fueron defensivas].

Sobre el devenir de nuestro samurai tras la finalización de su embajada sabemos muy poco. Para algunos renegó del cristianismo y se apartó de la actividad política y militar para disfrutar de sus rentas y posesiones; otros hablan que por el contrario mantuvo su fe con todas las consecuencias, afirmando incluso que fue martirizado por ello; y otros dicen que fue uno de los numerosos criptocristianos que intentaron mantener en secreto su fe durante la opresión religiosa [que se agudizaría aún más a partir de 1641, cuando se aplique con todo el rigor el sakoku, como hemos visto], y que propagó esta religión entre su familiares y allegados. Lo cierto es que el destino final de algunos de sus criados y familiares, que murieron años después en la hoguera por la práctica del cristianismo, hace pensar que mantuvo su fe y que efectivamente la extendió en su entorno cercano; situaciones similares se dieron con algunos de sus compañeros de viaje, en particular es conocido el caso de Yokozawa Shogen, que se convirtió en uno de los mayores activistas cristianos en Japón tras la prohibición.

Hasekura Tsunenaga Rokuyemon murió por una grave enfermedad en 1622, pero desconocemos a ciencia cierta donde reposan sus restos. Lo más probable es que se encuentren en una tumba budista de Enfukuji; pero existen otras dos posibles ubicaciones que reclaman el honor de contar con su tumba.

Parece ser que en 1640 la familia y criados de uno de sus hijos, en concreto Rokuemon Tsuneyori, sufrieron una serie de delaciones que llevó a la hoguera a varios de sus miembros que no renegaron del cristianismo, otros que si lo hicieron salvaron la vida; destacar que uno de los que murieron, Tarozaemon, había acompañada al propio Hasekura en su viaje a Europa. Este proceso a punto estuvo de arrastrar al propio heredero de Hasekura hacia un fatal destino, del que se salvó por ser quien era; pero su hermano Tsunemichi no le quedó más remedio que huir apresuradamente del lugar. Dentro del sumario que se siguió fueron requisadas las posesiones de la familia de Hasekura, y entre estas se encontraron numerosos artilugios cristianos como rosarios, cruces, medallas, etc. además de varios libros que fueron depositados en el tribunal de Sendai. Estos objetos estuvieron allí, amontonados y olvidados, hasta que en 1840 una rutinaria visita funcionarial realizó un inventario que los enumera y describe; pero a los que no se les da ningún tipo de trascendencia.

La embajada de Hasekura a Europa fue totalmente olvidada en Japón durante los años de aislacionismo y no se tuvo noticia de ella hasta que en 1873 otra nueva embajada japonesa a Europa, dirigida por Iwakura Tomomi, llega a Venecia y le muestran varios documentos relacionados con la visita de Hasekura a Roma. Con posterioridad se rescatarán los artilugios y abalorios depositados en la ciudad de Sendai y los regalos que trajo Hasekura para Date Masamune. Por esta razón hoy quedan bastantes testimonios del viaje de Hasekura el museo de la ciudad de Sendai, destacando un retrato del papa Pablo V, un retrato del propio Hasekura orando frente a un crucifijo, un juego de dagas y espadas malayas compradas en Filipinas, gran cantidad de artilugios religiosos cristianos y numerosas cartas y documentos; todos salvados milagrosamente, como hemos visto, del sakoku.

En Japón actualmente es una figura reconocida como lo demuestra el parque temático relacionado con su aventura existente en Ishinomaki o la novela del escritor japonés Shusaku Endo que, escrita en 1980 y titulada “El samurai”, recrea la vida y andanzas de Hasekura. También son testimonio de su viaje las estatuas que en su honor adornan varias ciudades que jalonaron su aventura: Sendai en Japón, Acapulco en México, La Habana en Cuba, Coria del Río en España, Civitavecchia en Italia,…


Por terminar con algo curioso, contaros que en 2005 se realizó en España una película de animación, financiada por el ministerio de Cultura y que tenía como finalidad introducir la cultura y los productos españoles en Japón, que de alguna manera rememora estos hechos. La película se titula “Gisaku” y está dirigida por Baltasar Pedrosa, y su argumento recoge en parte esta aventura: a principios del siglo XXI, Yohei, uno de los acompañantes de Hasekura en su viaje de 1614, despierta de un letargo mágico, que le había mantenido inconsciente desde entonces en la ciudad de Sevilla, con la misión de salvar al mundo del tenebroso poder del señor de las tinieblas Gorkan, que encarna el mal y que pretende conseguir la llave de Izanagi que el samurai a su vez debe proteger a toda costa; cometido que alcanza con éxito gracias a la ayuda de dos jóvenes adolescentes sevillanos que le guiarán por el desconocido universo que para este samurai japonés es la España actual.

En esta dirección podéis ver el videoclip: http://movies.filmax.com/gisaku/

© Francisco Arroyo Martín. 2007


Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, Francisco. Hasekura Tsunenaga, un samurái en la Corte de Felipe III. 7 de agosto de 2007. http://franciscoarroyo.blogspot.com/2007/08/hasekura-tsunenaga-un-samuri-en-la.html.

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