El Arte de la Historia

10 Junio 2009

El Tranvía de Leganés

Archivado en: El Zoco, Historia, Leganés, Siglo XX, Sociedad — Francisco Arroyo Martín @ 8:26 pm
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– ¡El tramway nos dejará en el mercado de la Cebada en poco más de media hora!
– ¡Y en la Plaza Mayor en una hora!
– ¡Y por sólo dos reales!

tranvialeganes1[1]Similares debieron ser las exclamaciones de los leganenses cuando comenzaron a llegar las noticias sobre el tranvía (tramway entonces) que se quería hacer para ir a Madrid. Desconozco si algún ingeniero de la Compañía General Española de Tranvías se desplazó a Leganés y en la antigua plaza de la Constitución (actual de España) expusiera fervoroso las ventajas de este novedoso sistema de transporte ante un deslumbrado y alucinado auditorio. Pero conociendo el natural que se gasta la gente de por aquí, estoy seguro de que antes de ser presentado el proyecto al Ministerio de Fomento ya habrían sido interrogados los topógrafos, agrimensores e ingenieros que pulularían en 1874 por las inmediaciones, y todos y cada uno de los leganenses habrían diseccionado el diseño, corregido el presupuesto, relacionado las innumerables fallas técnicas del trazado, corregido el cuadro de tarifas, horarios y frecuencias, desechado toda la cuadra de caballos, y cuestionado muy seriamente la habilidad de los cocheros y la oportunidad de gastarse el dinero en un tramway cuando el ómnibus funcionaba a la perfección; además, dirían muchos, muy bien lo del tramway, pero el ferrocarril sigue sin pasar por Leganés a pesar del tiempo que lleva hecha la estación. Eso sí, Getafe no tendría tramway por ahora; motivo más que sobrado para apoyar entusiastamente el proyecto.
En Leganés ya funcionaba, desde 1833, una línea regular de ómnibus que unía la localidad con la calle de Toledo en Madrid, tardando en su recorrido una hora y media, aproximadamente, y con una frecuencia de una hora. Se trataba del sistema habitual de transporte interurbano del momento y empezaba a declinar ante el apogeo del ferrocarril y sobre todo del entonces novedoso tranvía. En síntesis, los tranvías eran un híbrido entre el ómnibus y el ferrocarril, y en breves palabras consistía en la instalación de raíles metálicos en los pavimentos sobre los cuales se desplazaría el convoy de pasajeros tirado por caballos.
historia-386-01[1]Madrid fue la primera ciudad española en disponer de una línea de tranvía y fue el 31 de mayo de 1871, cuando se inauguró el tranvía que unía los barrios de Salamanca y de Pozas. Este dato resalta aún más la importancia de que la segunda línea de tranvías de la capital tuviera una de sus terminales precisamente en Leganés. Los principales atractivos para la instalación de una línea de este tipo hay que buscarlos en las fuertes relaciones comerciales entre Leganés y los mercados de abastos de Madrid, en particular con los productos hortícolas, y en la presencia del cuartel de las guardias valonas y de la Casa de Locos de Santa Isabel, abierta en 1851, que suponían un flujo constante de desplazamientos. Leganés se convirtió así en uno de los primeros lugares de España donde se utilizó el tranvía como medio de transporte; pero si añadimos el matiz de interurbano, ya que la línea unía cuatro poblaciones entre sí: Madrid, los dos Carabancheles y Leganés, entonces se convierte en pionero.
El proyecto de “ferro-carril (con motor de sangre) de Madrid a Leganés”, se presentó en 1875 al Ministerio de Fomento, por Juan Enrique O’Shea Hurtado de Corcuera, presidente de la Compañía General Española de Tranvías, que será la empresa que explotará la concesión. El proyecto comienza señalando la semejanza de los Carabancheles y de Leganés con los suburban-towns londinenses; ciudades periféricas a un centro metropolitano donde residían los obreros y empleados que diariamente se desplazan a la ciudad para trabajar en los centros industriales y comerciales. Y que en esos momentos esas localidades carecían de medios de transporte rápidos y confortables. Así, Leganés, a pesar de contar ya con las traviesas de la vía y con la estación de ferrocarril, no disponía del servicio; en consecuencia, la estación de ferrocarril más cercana estaba en Getafe, a unos tres kilómetros de la localidad. El viajero que quisiera ir a Madrid por este medio debía caminar esa distancia, coger el tren que venía de Alicante (con mucha posibilidad de retraso) y que le llevaría a la estación de Atocha, y caminar otros dos kilómetros hasta el centro de la capital. Cuando se inaugure la línea de Madrid a Malpartida de Plasencia, el 14 de febrero de 1876, Leganés dispondrá de un acceso ferroviario con Madrid, pero dado que la línea tenía su origen en la de Alicante, obligaba a hacer un empalme en Villaverde; tampoco sería este un medio de transporte útil para los leganenses.
Con estas condiciones Juan Enrique O’Shea llegaba a la siguiente conclusión: «sólo una vía especial puede satisfacer las necesidades, exigencias y aspiraciones de la circulación que se verifica entre Madrid, los Carabancheles y Leganés, y esa vía ha de ser forzosamente un tramway». Pero con el requisito de que esta vía especial penetre hasta el mismo centro de Madrid.
Además se pensaba que el tranvía conllevaría otras muchas ventajas, entre ellas la revalorización del suelo; en efecto, se calculaba que los solares podrían pasar de valer 2 pesetas el metro cuadrado a 25 en los Carabancheles. Además de esta ventaja económica, la instalación del tranvía tenía para sus promotores otras de marcado carácter social ¡y moral!, ya que permitiría que los obreros (principales usuarios de este servicio) no tendrían que amontonarse en los centros urbanos en viviendas decrépitas e insalubres, sino que podrán vivir en casas en las afueras, donde se mantendrán aunque mejore su condición social; ya que «despertar en el espíritu del proletario la afición a la propiedad es de una vez arrancarle a la taberna y de hecho moralizarle».
calle-de-toledo[1]La línea arrancaría en la Plaza Mayor de Madrid; el motivo de poner la cabecera en esta plaza y no en la Puerta del Sol, eje neurálgico de la capital, se debe a que la plaza cuenta con mayor espacio para las maniobras y el estacionamiento de los coches del tranvía, y porque las industrias y comercios de mayor interés para los pueblos a los que dará servicio se encuentran ubicados en calles aledañas a esa plaza. Además la amplitud de la plaza y la ausencia de tráfico permitirán que los convoyes den la vuelta a la glorieta ajardinada que entonces había en la plaza y, de esta forma, evitar el desenganche y enganche del tiro.
Los convoyes saldrían de la plaza por el arco de la calle Toledo, seguirían esta calle hasta la glorieta de la Puerta de Toledo; bajarían por el paseo de los Ocho Hilos, que se llamaba así por el número de hileras de árboles que tenía y que es la actual prolongación de la calle de Toledo que transcurre desde la glorieta de la Puerta de Toledo a la de Pirámides; cruzarían el Manzanares por el puente de Toledo; continuarían por la carretera de Carabanchel, que hoy es prácticamente en su totalidad la calle del General Ricardos; atravesarían Carabanchel Bajo por la actual calle de Eugenia de Montijo; y el Alto por la presente avenida de Carabanchel Alto; y proseguirían por la carretera de Leganés; tras salvar el puente del arroyo Butarque, llegarían hasta la entrada del pueblo por la vía que hoy conocemos como avenida de Fuenlabrada; finalmente, la estación terminus se ubicaría en el cruce con el camino que va al cuartel de las Guardias Valonas, actual Universidad. El total del recorrido sería de 11,227 km.

El tranvía de Leganés tenía un recorrido tan largo que obligó a que la puesta en funcionamiento se realizara por fases. La línea se inauguró el 10 de junio de 1877 y llegaba desde el origen hasta el puente de Toledo; unas semanas después llegó a Carabanchel Bajo; Carabanchel Alto tuvo que esperar casi un año; y, ¡por fin!, el tramway alcanzó Leganés el 7 de junio de 1879, siendo alcalde de la localidad José Fernández Cuervo de Grado. De todas formas la línea se volverá a modificar en 1892 trasladando la estación de origen a la Puerta del Sol
A pesar de que Juan Enrique O’Shea afirmaba que los tranvías de París eran capaces de arrastrar casi 3.600 kilogramos por caballo a 12 kilómetros a la hora, y vencer pendientes de hasta un 12 %, lo cierto es que la línea Plaza Mayor-Leganés tuvo que modificar muy pronto su sistema de tracción y arrastre. Así, en el 29 de junio de 1879, a los dos años de su instalación, las mulas se sustituyeron por máquinas de vapor en gran parte del recorrido del tranvía. Los coches tirados exclusivamente por animales, apenas duraron un mes para el caso de Leganés, y si bien durante un tiempo siguieron llegando convoyes tirados por mulas, pronto desaparecieron para dejar paso a las locomotoras. Hay que destacar que por esta circunstancia esta línea se convirtió en la primera de todo Madrid que utilizó el motor de vapor. Este sistema se mantuvo hasta 1906, año en que se terminaron las labores de electrificación de las líneas de tranvías.
La línea no contaba con paradas estables en el trayecto, ya que se consideraba más «cómodo para los viajeros el subir y bajar a la puerta de su casa», pero sí disponía de seis quioscos para uso de los empleados y para que los viajeros que lo deseasen pudieran refugiarse de las inclemencias del clima en la Plaza Mayor, Puerta de Toledo, puente de Toledo, en cada uno de los Carabancheles y en Leganés. Estos quioscos disponían de retretes «para la comodidad de los viajeros». Existían dos tipos de tarifas: una para el interior de la cabina, y la otra para los asientos de encima de la cabina, al aire libre, más económica. También existían tarifas reducidas para trayectos de ida y vuelta.
Se preveía que el uso potencial del servicio a pleno rendimiento sería de 13.300 viajeros diarios, para los cuales se debía prestar un servicio de 20.000 asientos; lo que significaba una flota de 400 coches con la frecuencia siguiente: desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche cada cinco minutos saldría un coche hasta el Puente de Toledo, cada diez a los Carabancheles y cada media hora a Leganés. Los kilómetros recorridos serán en consecuencia 2.136, considerando que la prestación por caballo se establece en 20 kilómetros, al situarse el límite de carga en 3.000 kg, se precisaría para dar el servicio una cuadra de 280 caballos, de los cuales se utilizarán de forma efectiva 214 al día, siendo el resto de reserva.
La construcción del tranvía estaba presupuestada en 1.500.000 de pesetas, proporcional a los costes de otros tranvías en Europa, lo que significaba más de 133.000 pesetas por kilómetro. Pero de este presupuesto se pensaba solicitar la devolución de todos los derechos de aduana que sobre las importaciones debía de cobrar el estado, cuya cantidad ascendía a 306.711,65 ptas.; con lo cual el presupuesto definitivo quedaría reducido a 1.200.000 ptas. Además se había incluido una partida de repuestos previstos para los diez primeros años de explotación.

_tranvc2a1a2[1]Las tarifas originarias eran:
Destino                                  Cabina              Arriba
A Leganés                             0,73 ptas.       0,54 ptas.
A Carabanchel Alto                 0,42 ptas.       0,38 ptas.
A Carabanchel Bajo                 0,30 ptas.       0,22 ptas.
Al puente de Toledo                0,12 ptas.       0,09 ptas.

En función de las tarifas y de los usuarios potenciales, se establece que los ingresos estimados se situarían en un millón de pesetas anuales. Y que los gastos alcanzarían el 70 % de los ingresos, ofreciendo una liquidez de 355.455 pesetas anuales. En función de estas previsiones, Juan Enrique O’Shea señala que el interés que generaría la inversión de 1.200.000 pesetas, considerando que la cuenta de ingresos y gastos dejaría un remanente de 175.000 pesetas, sería nada menos que del 12,83 %.
El tranvía Madrid-Leganés prestó servicio desde su inauguración hasta 1936, pero antes vivió interesantes transformaciones e innovaciones. Así, el 2 de diciembre de 1900 la línea se amplió hasta la Puerta del Sol merced a las presiones de los usuarios. Esta línea completó la electrificación de los tranvías madrileños el 15 de febrero de 1903, si bien el servicio de mulas a lo largo de la calle Toledo continuó hasta enero de 1906. Tras la electrificación, a la línea “Sol-Leganés” se le asignó el número 25. En 1909 se dobló la línea permitiendo una notable mejora en las frecuencias. En 1926 se abrió un ramal que llegaba al Hospital Militar de Gómez Ulla por el paseo de la actual calle de Muñoz Grandes.

letrerotranvia-250x160[1]
En los años de la II República Española, la línea de Leganés era una de las 47 líneas de tranvías existentes en Madrid, y funcionó hasta 1936, cuando Leganés fue ocupada por las tropas rebeldes de Franco. Su servicio no se restauró tras la finalización de la Guerra Civil, como ocurrió con otras 27 líneas de tranvías más, y el servicio a Leganés se prestaría desde entonces con autobuses.

© Francisco Arroyo Martín. 2009

Extracto del artículo El tranvía de Leganés, publicado por el autor en las Actas del V Congreso del Instituto de Estudios Históricos del Sur de Madrid “Jiménez de Gregorio”. Madrid: 2007. Páginas 67-84.

Artículo publicado por el autor en los números 3 y 4 de la Revista Cultural EL ZOCO. Pinchar aquí para leerlo en la revista

Para citar este artículo desde el blog: ARROYO MARTÍN, Francisco. El Tranvía de Leganés. http://elartedelahistoria.wordpress.com/2009/06/10/el-tranvia-de-leganes/. 10 de junio de 2009.

He publicado una versión extensa de este artículo en bubok.com. Te la puedes bajar gratis en PDF en esta dirección: El Tranvía de Leganés. Te invito a bajártela, leerla y que me digas lo que te parece.

Portada Tranvía Leganés

Portada de "El tranvía de Leganés"

Ficha

Autor: Francisco Arroyo
Categoría: Ensayo
Subcategoría: Sociedad
N° de páginas: 38
Tamaño: 170×235
Estado: Público
Interior: Color

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26 Abril 2009

Leganés, Ciudad Cervantina

Portada de "Legané, Ciudad Cervantina"

Portada de "Legané, Ciudad Cervantina"

He publicado en bubok.com una conferencia sobre los lugares de Leganés con relación con Miguel de Cervantes o con el Quijote.
Te la puedes bajar gratis en PDF en esta dirección: Leganés, Ciudad Cervantina. Te invito a bajártela, leerla y que me digas lo que te parece.

Sinopsis:
Se trata de un recorrido por Leganés por los lugares relacionados con Cervantes o con El Quijote.
Es sorprendente las cosas que podremos descubrir en esta ciduad que rememoran la figura de Cervantes o de su personaje más universal.

Ficha

Autor: Francisco Arroyo Martín
Categoría: Ensayo
Subcategoría: Humanidades
N° de páginas: 33
Tamaño: 170×235
Estado: Público
Interior: Color

25 Mayo 2008

Presentación de El Zoco. La primera a la izquierda

Archivado en: Cultura, El Zoco, Leganés — Francisco Arroyo Martín @ 8:36 pm
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Asociación Cultural El Zoco. La primera a la izquierda.
Correo Electrónico: elzoco.laprimeraalaizquierda@gmail.com
Dirección WEB: http://elzocolaprimeraalaizquierda.org/

El pasado día 21 de mayo tuvo lugar la presentación de la nueva asociación cultural El Zoco. La primera a izquierda. La presentación de la asociación tuvo lugar en el Salón de Grados de la Universidad Carlos III, en el campus de Leganés, que se llenó de público para la ocasión. En este mismo acto se presentó la revista cultural del mismo nombre y la página web de la asociación. Al acto asistió numeroso público e intervinieron Rafael Gómez Montoya, alcalde de Leganés, Emilio Olías Ruiz, director de la Escuela Politécnica de la Universidad Carlos III, José Castejón, concejal de Cultura del Ayuntamiento de Leganés, y Alexandra Arroyo, presidenta de El Zoco, que manifestaron su satisfacción por el nacimiento de una entidad cultural que promueva la cultura y la creación en Leganés y en la zona sur madrileña.

La Revista Cultural El Zoco. La primera a la izquierda, presenta en su número 1 un monográfico dedicado al escritor canario Benito Pérez Galdós, que citó a Leganés en muchas de sus obras. La publicación destaca por su calidad, tanto en el continente, con un diseño innovador y de un alto valor gráfico, como por el contenido, con una serie de artículos de alta calidad literaria encuadrados en varias secciones: Historia, Ciencia, Medio Ambiente, Leganés nuestra ciudad, etc. Acentuar la entrevista a Emilio Olías, Director de la Escuela Politécnica de la Universidad Carlos III, en la que destacan sus palabras de compromiso con la ciudad cuando afirma «que la Universidad debe mucho a Leganés» y con la cultura cuando señala que «la cultura es una necesidad básica para los seres humanos». También hay un saludo del alcalde y se reproduce el manifiesto fundacional de la asociación, en el que destaca el valor que El Zoco otorga a la cultura como un derecho ciudadano y cívico.

En su intervención, Rafael Gómez Montoya, destacó lo importante que es para un alcalde asistir a la creación de una asociación en su ciudad «ya que significa que el espíritu cívico y ciudadano continúa creciendo». Terminó su alocución deseando el mayor de los éxitos a la asociación y manifestando el apoyo de la institución municipal a las iniciativas que puedan surgir. En la misma línea de apoyo a la iniciativa del El Zoco fueron las palabras del Concejal de Cultura José Castejón.
Por su parte Emilio Olías, en su intervención, destacó el compromiso que la Universidad tiene con la ciudad de Leganés y con el resto de localidades donde está ubicada, señalando además que la institución debe estar abierta al tejido social de las ciudades en las que se encuentra y que en la medida de sus posibilidades apoyarán a todas la iniciativas culturares que, como había sido el caso de El Zoco, se le presenten, «porque también queremos hacer cosas por la ciudadanía», recalcó.
La presidenta de la Asociación, Alexandra Arroyo, amen de los agradecimientos a los presentes y participantes en el acto, hizo una exposición en la que desveló el proceso de formación de El Zoco, y cuáles eran los objetivos y los modelos de la asociación: «nos gustaría llegar a ser como el Círculo de Bellas Artes, ¿y porqué no?». También destacó que el mayor capital con el que contaba la asociación era la valía de sus miembros y la ilusión con la que habían comenzado lo que la presidenta definió como una «aventura apasionante». Por último, invitó a todo aquel que quisiera a formar parte de esa aventura a que colaborara con la asociación en la manera que le fuera posible.

En la misma línea, también se presentó la página web, herramienta que la asociación quiere que se convierta en un instrumento de comunicación bidireccional entre la entidad y el resto del mundo asociativo, cultural y creativo de la zona.

El acto estuvo amenizado por la Orquesta — Ensemble de Guitarras de la Universidad Autónoma de Madrid, que interpretó varias obras musicales de varios géneros; y contó, además, con la participación de la actriz Isabel Arcos, que además es presidenta de la Asociación Yeguas, mujeres por el Arte

La presidenta de El Zoco. La primera a la izquierda, Alexandra Arroyo, destacó al finalizar el acto a los medios de comunicación presentes “la elevada afluencia de público que ha acudido a la presentación y el hecho de que hubieran sido tantas las asociaciones de Leganés las que han querido compartir con nosotros este momento. Esto va a representar un renovado impulso, más si cabe, para trabajar por la cultura y por nuestras ciudades” También declaró “que la revista cultural El Zoco, que hoy presentamos, tiene la intención de mantenerse en el tiempo y de convertirse en un referente de la vida cultural y social de Leganés y del resto de la zona sur de Madrid”.

6 Diciembre 2007

El Rincón de Pumuki: Rotondas de Leganés: "El Dragón Alado" o "La Raspa"

Archivado en: Leganés — Francisco Arroyo Martín @ 9:18 am
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14 Julio 2007

Leganés, ciudad cervantina.

Archivado en: Leganés, Literatura, Personajes — Francisco Arroyo Martín @ 5:17 am
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Leganés, ciudad
cervantina
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Por Francisco Arroyo Martín.

Aquella llamada me sorprendió en pecado mortal. Mi amigo me pedía un “articulillo” para una publicación sobre el aniversario del Quijote; pero no se quedó ahí, además el artículo debería tratar sobre el Quijote o Cervantes y su relación con Leganés, si bien amplió el límite geográfico a la zona sur de Madrid, en una clara muestra de magnanimidad ante mi titubeo inicial. De todas formas, con igual arrogancia y mismo arrojo que el cervantino Caballero del Lago, acepté el reto, sin pensar en los peligros que las negras aguas escondían, e incluso, y esto sí es de mérito, sin recordarle los honorarios que mi ilustre colegio profesional señala para estos casos.

Pero seguía en pecado mortal. A principio de año, casi todos los españoles (por no decir todos) hicimos alguna de estas dos solemnes promesas: “leer el Quijote”, en el caso de aquellos que no superaron la prueba pueril de su lectura; “releer el Quijote”, para aquellos que, con tremenda satisfacción, lo logramos. Inmediatamente, llegaron los Reyes y dejaron bajo el árbol la edición especial del Instituto Cervantes; y quedó su lectura para Semana Santa; acto seguido se pospuso para el puente de mayo; después decidimos que mejor en vacaciones (que hay más tiempo, tranquilidad y reposo y la labor lo requiere); luego fue para el puente del Pilar, ya en estos momentos con una firme reconvención: ¡De ahí no pasa! En este estadio se encontraba un servidor: una petición de un amigo, una relación imposible, una lectura pendiente, un tiempo inexistente y un prurito vanidoso que me impedía rechazar la oportunidad de participar, de alguna forma, en los fastuosos oropeles del centenario.

¡En fin! Lo primero era releer el Quijote; y con mirada atenta y pensamiento agudo buscar, y encontrar claro está, las posibles relaciones entre Leganés (sí, ya; o la zona sur de Madrid) y el mundo cervantino o quijotesco. Determiné que lo mejor era decirle al “jefe” que me diera unos días de asueto en el trabajo y que a cambio ya metería de rondón en el artículo un buen número de acertadas, sutiles y ajustadas referencias en honor y gloria de quien, hoy por hoy, nos da de comer, y, ¿cómo no?, de su augusta, ilustre y egregia persona.

Me armé de valor y al día siguiente, por la mañana tempranito, estaba un servidor haciendo antesala en el despacho principal; y en la espera, ¡él!, apareció ante mí y empezó a crecer desaforadamente y a transformarse grotescamente en aquel gigante usurpador del reino de la princesa Micomicona, aquel que era llamado Pandafilando de la Fosca Vista. Y yo, un pobre mortal falto del valor de don Quijote, quien le hizo frente en camisa de dormir, y además le venció, desangrándole y cortándole la cabeza en singular batalla, con la espada tan sólo como arma, en el castillo manchego que para algunos, víctimas de pérfidos encantadores, era venta; y yo, repito, al contrario de don Quijote, fui asaltado por escalofríos, tiritones y sudores, de los que salí por un brusco golpe de cabeza. Como un resorte me alcé del sofá, me atusé el pelo, me alisé la chaqueta y me compuse el nudo de la corbata; y no sé porqué razón pensé en los sótanos del edifico y los asimilé a la cueva de Montesinos, y también en el tiempo y en las dificultades que los moradores de la cueva tuvieron que pasar para poder salir de ella por las malas artes de Merlín, ese mago francés (no, si es que luego dicen) hijo del diablo, y por la flojera de carnes del buen Sancho.

En estas condiciones, la fortaleza de espíritu insuflada el día anterior se trasformó, en aquel angustioso trance, en flaqueza de ánimo; y de inexpugnable alcázar pasé a frágil empalizada. Y de la misma manera que don Quijote renunció a probar por segunda vez la consistencia, robustez y aguante de su artesanal media celada, yo también renuncié a mi justa pretensión; la ausencia de comprensión y la falta de sensibilidad podrían acarrear unas penosas consecuencias a las que no podía aventurarme.

En estas circunstancias tomé ejemplo de don Quijote y de turbio en turbio lo pasé trabajando y de claro en claro enfrascado en la relectura de la inmortal obra de Cervantes. Pero por más que me esforzaba no encontraba por ningún lado cómo enfocar y relacionar la obra de Cervantes con Leganés; y del poco dormir y del mucho leer al borde estuve de la enajenación y a un punto de renunciar y reconocer mi más absoluta incapacidad ¡El lugar más cercano a Leganés que aparece en el Quijote es Alcobendas! (que ni tan siquiera se encuentra en la socorrida zona sur de Madrid). Lugar de donde era el bachiller Alonso López, quien sufrió en sus carnes y en su pierna el coraje y el arrojo de don Quijote cuando acometió al tétrico y lúgubre desfile fúnebre que transportaba un cadáver desde Baeza a Segovia. Episodio cumbre de las aventuras de nuestro hidalgo en el cual Sancho Panza le dio el sobrenombre, digno del mayor ingenio, del “Caballero de la Triste Figura”.

En esto iban pasando los días y el “articulillo” seguía pendiente. El papel, y su horrible color blanco, me producía el mismo azoro y pánico que la oscuridad de la noche produjo a Sancho en la aventura de los batanes; y, sin llegar al mefítico apremio en el que se vio nuestro orondo escudero, el espantoso y reiterado golpeo de los batanes se reproducía en mi cabeza con la turbadora y repetida pregunta: ¿Qué pongo? ¿Qué pongo? ¿Qué pongo?… Una pesadilla de la cual era incapaz de salir. Así, ofuscado, consternado y a un punto de renunciar a mi bien merecida y mal reconocida gloria, decidí dar un paseo por esta ciudad. Paseo al que, desocupado lector, si no tienes algo mejor que hacer, te invito a que me acompañes.


Mi caminar errático y sin rumbo nos lleva… —¡Oh, destino insondable! ¡Oh, hado imprevisible! ¡Oh, albur inesperable! ¡Oh, azar impensable! ¡Cuán caprichosos os mostráis con el devenir de los humanos! ¡Cómo insignificantes esquifes, nos deriváis por el proceloso Océano y nos conducís a puertos ignotos!—… al “Parque de Miguel de Cervantes”. No dejó de alertar mi curiosidad que el primer homenaje que encontré hacia la figura cervantina en Leganés fuera un parque; además en una zona emblemática de la ciudad, a la puerta del Hospital Severo Ochoa y a lo largo de la avenida Orellana. Se trata de un parque diseñado por Antonio Ruiz Barbarín, y que enmarca con trazos y alineaciones oblicuas el barrio de los Descubridores (mejor rememorar esta faceta que la de la conquista), a los que don Quijote recuerda en la figura del cortesísimo Cortes cuando quema y barrena sus barcos para, movido por la Fama, iniciar un camino sin vuelta atrás. Se trata de un parque de gran originalidad y una fuerte idiosincrasia, que le aportan, principalmente, sus fuentes y la variedad de especies vegetales que existen, entre las cuales me permitirás, amable lector, destacar la decena de abedules que se esfuerzan por arraigar en condiciones tan inhóspitas para ellos; a buen seguro que añoran los fríos del septentrión como el morisco Ricote, tras ser expulsado de España, evocaba y lloraba por su patria.

El parque Miguel de Cervantes también sirve de pórtico al hospital Severo Ochoa, símbolo de la lucha ciudadana en Leganés, sin ninguna duda. Si recordamos el episodio en el cual Sancho se convierte en el gobernador de la ínsula Barataria, reconoceremos que los médicos parecen no salir bien parados en el Quijote. Pero: ¿Acaso no es médico también un tal Lamela? ¿Acaso no se parece este Lamela al infausto doctor Pedro Recio, médico del gobernador Panza? ¿Acaso no acabará Lamela, de seguir en su puesto, con el sistema de salud pública, como Pedro Recio hubiera acabado con Sancho Panza de seguir éste en el cargo? El mismo Sancho diferenciaba bien a los malos y buenos médicos, y así decía del doctor Recio: que quiere que muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a él y a todos los de su ralea, digo, a la de los malos médicos; que la de los buenos palmas y lauros merecen. Por suerte para los leganenses en “el Severo” contamos con un importante grupo de buenos médicos, enfermeros, celadores, etc.; y en señal de gratitud, bien merecen las palmeras y laureles que adornan algunas de nuestras calles más importantes; que a los médicos sabios, prudentes y discretos los pondré sobre mi cabeza y los honraré como a personas divinas, Sancho Panza “dixit”.

Frente a la entrada del hospital; abocado por una impresionante alineación de liquidambar; cercano a la parada de Metrosur; avecindado a los bustos de los poetas Rafael Alberti y Gabriel Celaya, obras ambas de Eduardo Carretero; ubicado en una pequeña y ornamentada rotonda; y flanqueado por varios ejemplares de thujas; me encontré con la cabeza —nada más y nada menos— del mismísimo Cervantes. Obra en bronce y acero cortén del Andrés Rábago (también conocido por OPS, Jonás, Ubú, El Roto,…) Es bien sabido que no hay constancia cierta de que Cervantes fuera retratado en su tiempo; si bien, existe una imagen de su rostro popularizada por un retrato atribuido a su persona del pintor barroco Juan de Jáuregui, pero del cual, incluso los entendidos, no se ponen del todo de acuerdo. Para conocer su rostro tenemos que recurrir al genial autorretrato que de sí mismo hizo Cervantes en el prólogo de sus “Novelas Ejemplares”:

Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies. Este digo, que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha…

La fuente de inspiración de Andrés Rábago es palmaria: siguió fiel, puntual y cuidadosamente el autorretrato cervantino en la composición de su obra. De ahí la afirmación lapidaria que encontramos en la escultura: “Este es Cervantes”, para que al observador no le quepa ninguna duda de ante quién y ante qué se encuentra, frente al verdadero retrato de Cervantes. Y lo tenemos aquí, en Leganés.


Evidentemente, este encuentro con el busto de Cervantes me proporcionó un renovado impulso en la redacción del artículo: ¡Hay tema! ¡Hay tema! Comencé a vislumbrar luz donde, hasta entonces, sólo había tinieblas. De nuevo me identifiqué con Sancho Panza cuando, después de abandonar la gobernación de Barataria y de vuelta al palacio de los duques, cayó por una profunda y oscura sima; y tras sentirse muerto en vida la voz de don Quijote vino a devolvérsela. Así de grande fue mi alivio; si bien me dije: frena tu frenesí, apenas unas líneas tienes, mucho camino aún quedarte (hay que reconocer que los galácticos caballeros “jedáis”, al menos en el lenguaje, no les alcanzan a los “andantes” ni a la suela del zapato).

Como no podía ser de otra forma, asombrado lector, continué, espero que con tu compañía, mi deambular por Leganés. Mis pasos nos dirigieron a otro parque: al del Museo de Esculturas al Aire Libre. Llegué allí inconscientemente, ya que siempre que necesito un lugar apacible, sugestivo y tranquilo para reflexionar y poner en claro mis ideas, acabo en este hermoso vergel, donde se puede convertir una caótica y disonante algarabía en una sinfónica y armoniosa balada. Se trata de un bello jardín en donde la naturaleza y el arte se funden y los sentidos se confunden: el cromatismo de las flores se fusiona con la rotundez de las formas, los espacios, los volúmenes…; el olor del césped recién cortado se mezcla con la textura de la piedra, del bronce, del acero…; el crepitar de las hojas secas se une al sabor de aquel beso, de aquella sonrisa, de aquella lágrima…


En este museo se encuentra una estatua de bronce, obra del escultor catalán Apel.les Fenosa y propiedad del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, dedicada a “Orlando furioso”, en la cual aparece Orlando en el momento que, perdido y desesperado, carga con su caballo Brilladoro, al que no quería abandonar en el campo de batalla. El conde Roldán, que así se le conoce en las crónicas medievales castellanas, fue uno de los legendarios pares del rey Carlomagno, que según la leyenda sólo se le podía matar, como a un renacido Ulises, clavándole un alfiler en la planta del pie izquierdo. Finalmente murió, según los romanceros castellanos (los franceses lo cuentan de otra forma, ¿qué otra cosa se podría esperar?), en la batalla de Roncesvalles a manos de Bernardo de Carpio quien, como un nuevo Hércules cuando mató al gigante Anteón, le estranguló al ver que era imposible herirle con la espada.

Orlando (o Rotolando o Roland o Roldán) es descrito por nuestro caballero de la siguiente manera: de mediana estatura, ancho de espaldas, algo estevado, moreno de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y de vista amenazadora, corto de razones, pero muy comedido y bien criado. El motivo de la furia de Orlando fue el engaño de Angélica, su enamorada, con Medoro, un morillo de cabellos enrizados —al parecer durmieron juntos algo más de dos siestas—. Por la descripción de Roldán que hizo don Quijote, decía el cura entender porqué prefirió la bella Angélica al joven moro.

Es inevitable rememorar a don Quijote cuando se contempla esta escultura y acordarse de cuando nuestro caballero decidió volverse loco de amor en Sierra Morena, y mostrar así a doña Dulcinea, y al mundo, lo que era capaz de hacer sin motivo, para que pudiera hacerse una idea de lo que podría hacer en caso de tenerlo; si bien, en este episodio algunos quieren ver un puntito de temor de nuestro héroe hacia los cuadrilleros de la Santa Hermandad, tras la liberación de los galeotes. Para esta aventura optó don Quijote por imitar a Amadís de Gaula, el modelo de caballero andante, en sus sollozos, clamores y lamentos; y a Roldan, que arrancó los árboles, enturbió las aguas de las claras fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas…, en sus desatinos, desafueros y locuras —aunque sólo en las más esenciales—.

Con esta reflexión concluí abandonar las napeas y dríadas del parque del Museo de Esculturas al Aire Libre para adentrarnos de nuevo en el laberinto urbano y, a diferencia de Perseo, vagar sin hilo. En estas llegamos a la avenida de La Mancha. ¡Qué decir de esta avenida! Permíteme, paciente lector, una escueta descripción que, aún a riesgo manifiesto de ser acusado de cursilería, a mí, que en el fondo no dejo de ser un espíritu simple, me gusta: esta avenida es, a vista de pájaro, como un tajo esmeralda entre dos conchas de rubís.

Se trata de un lugar de encuentro, que no de frontera, entre dos populosos barrios: Santos y Zarzaquemada. La similitud con la región a la que se rinde homenaje es meridiana: La Mancha es una encrucijada de caminos, un lugar de paso de allí a allá o a acullá. Y el continuo trasiego de personajes que don Quijote se encuentra en los caminos manchegos, así lo demuestra. De igual manera los parques que jalonan la avenida de La Mancha en nuestra ciudad, el parque de los Olivos y el parque Picasso, frutos ambos del diseño de Ricardo Arribas y Benigno Rodríguez, son un lugar de encuentro, un espacio de tránsito, de comunicación, de concurrencia.

Muchas razones se han querido buscar en el enigma con el cual empieza la novela, y por qué razón, o razones, Cervantes no quiso acordarse del lugar de donde era originario Alonso Quijano “el Bueno”. Unos dicen que es donde Cervantes estuvo preso; otros que “lugar” era una población tan despreciable que producía sonrojo (cuando “lugar” se refiere a una población menor que villa pero mayor que aldea); otros que es una alusión indirecta al origen judío de Cervantes (cosa que está por ver); incluso algunos han identificado al famoso “lugar de La Mancha” con: ¡Santander! La verdad es siempre más sencilla, y el propio Cervantes nos la cuenta: cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero. En fin, doctores tiene la literatura, y, como los de todas las ciencias y artes, han de comer.


No se me escapó que uno de los parques que se encuentra en la avenida de La Mancha está dedicado a Pablo Picasso, para mi gusto y mi pobre entendimiento, el artista que mejor ha reflejado a la pareja inmortal de Cervantes en un sencillo dibujo en blanco y negro pero en el que cualquiera, incluso sin necesidad de haber leído el Quijote, identificaría al Caballero de la Triste Figura.


Cómo dejar de señalar que en uno de los extremos de este parque se encuentra el que fue en su tiempo el “anfiteatro” Egáleo, y hoy, acertadamente, es sólo teatro con el mismo nombre. La comedia como actividad literaria, junto con la poesía, es una de las pasiones frustradas de Cervantes; pero en el caso del teatro, el hecho de que se viera absolutamente oscurecido por Lope de Vega, que era, conviene recordar, su más acérrimo enemigo, y por la revolución teatral que trajo consigo el éxito de las obras del “Fénix de los ingenios”, contra la que luchó denudada e infructuosamente Cervantes, le produjo una profunda desazón. Así hace decir al cura del pueblo de don Quijote, “alter ego” de los gustos literarios de Cervantes: porque habiendo de ser la comedia, según le parece a Tulio, espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad, las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de necedades e imágenes de lascivia. Concédeme, benévolo lector, licencia para aprovechar este asunto del teatro para recomendar, a todo aquel que no las conozca, esas pequeñas obras maestras que son “los entremeses” cervantinos. Y prosigamos, que esto promete.

Continuamos nuestro paseo por Leganés por la avenida de Juan Carlos I, y topamos con el conjunto escultórico de Juan Bordes “Fuente de LE-GA-NÉS” (popularmente conocido como “Los Cabezones”). Obra de acero cortén y bronce que pretende aunar distintos elementos constructivos y figurativos para conformar un grupo escultórico conceptual, en el que destacan las tres enormes cabezas de bronce trabajadas con técnica e intención expresionista. Frente a estas figuras, inmediatamente mi memoria me trasladó a Barcelona, a la casa de don Antonio Moreno, quien hospedó a don Quijote y a Sancho cuando, por acreditar para siempre de falso y mentiroso al autor del ficticio Quijote del apócrifo Avellaneda, decidió nuestro caballero no acudir a las justas de Zaragoza y pasar directamente a Barcelona; y en concreto al episodio de la cabeza parlante, respondona y adivinadora. Maravillados dejaron a todos los asistentes las respuestas que del bronce salían; excepto a Sancho, quien, en su acusado pragmatismo, lejos de sorprenderse del prodigio de que una escultura hablara, se mostró absolutamente decepcionado por la obviedad de las respuestas. Y tanto se extendió el prodigio por la ciudad condal que el autor del artificio hubo de comparecer ante la todopoderosa Inquisición; cara le pudo salir a don Antonio la broma de la mágica y encantada cabeza polaca (“¡Tate, tate, folloncicos!” Qué nadie me acuse de irrespetuoso: era polaca porque fue hecha y fabricada por uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era polaco de nación y discípulo del famoso Escotillo). Nuestras leganenses cabezas tan sólo ofrecen una respuesta, eso sí, sin truco ni artimaña. Y de forma mancomunada informan, a todo aquel que llega, del nombre de nuestra ciudad, por si algún viajero, despedido y despistado por la maraña indescifrable de letras y números que jalonan nuestros caminos asfaltados, acaba arribando en ella, acaso sin pretenderlo.

Pero, querido lector, sigamos el recorrido del cual me he convertido en tu cicerone. Tenemos en Leganés un barrio que recuerda batallas notorias de la historia de nuestro país; son hechos trágicos, dolorosos y dramáticos que los leganenses no queremos olvidar, para que con su recuerdo podamos evitar que se repitan, para que se queden tan sólo en las páginas de los libros y en las azules placas de las calles. Una de estas calles recuerda la celebérrima batalla naval de Lepanto. De sobra es conocida la definición que hizo Cervantes de esta batalla en el prólogo de la segunda parte del Quijote: la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Cervantes fue soldado a bordo de la nao “La Marquesa” en la batalla naval que se produjo el 7 de octubre de 1571 entre la flota turca y la católica de la Santa Alianza, allá en el golfo de Lepanto, en las lejanas aguas del Egeo. A pesar de estar enfermo, Cervantes pidió a su capitán que le destinara al esquife, puesto de los de mayor peligro, osadía rayana a la temeridad. En el Quijote aparece un personaje, el cautivo, que participó en esta batalla en la que, según sus palabras, se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar. De este trance, y con tan sólo veinticuatro añitos, salió Cervantes con una herida en el pecho y con su mano izquierda inutilizada, lo que ha servido para que sea común referirse a él como “el manco de Lepanto”. Pero sus desgracias no quedaron ahí, pues, además de sufrir los horrores de la guerra, Cervantes tuvo que probar la amargura de la falta de libertad, y hubo de pasar cinco años cautivo en Argel, tras que fuera apresada la galera “Sol”, en la cual regresaba a España después de varias andanzas por el Mediterráneo. De todas formas, nunca rememoró este episodio con rencor o aversión; muy al contrario siempre lo consideró un momento glorioso de su vida. Si bien el problema turco se arreglaría, según don Quijote, con que el rey católico juntara apenas media docena de los caballeros andantes que vagan por España.

Seguramente, leído lector, habrás caído en la cuenta de que el almirante de la armada católica en esta batalla no era otro que el más insigne, excelso y eximio vecino que jamás haya tenido Leganés. Nada más y nada menos que un hijo de Carlos primero de Castilla y quinto de Alemania; bastardo, eso sí, pero infante de Castilla e infante de Leganés también; conocido por la Historia como don Juan de Austria y por sus vecinos de Leganés como Jeromín. Y en la calle de ese nombre, en el distrito Centro, en lo que era el portalón de entrada al “Patio Callejo”, está la placa con la que recordamos su corta, pero seguro que intensa, estancia en nuestro terruño. Era Jeromín hijo natural del César y de Bárbara de Blomberg y nació en Ratisbona allá por el 1545. Con tan sólo cinco años llegó a Leganés un misterioso niño, del que sólo se sabía que “era hijo de persona principal”; acudió de la mano del ayuda de cámara del emperador Carlos, Adrian de Bois, quien lo alojó en la casa de Ana de Medina, natural del lugar, y de Francisco Massay, músico flamenco de la corte que tocaba la vihuela de arco; y lo puso a cargo del cura, don Bernabé Vela, persona de confianza de Luís Méndez de Quijada (¿pariente de don Quijote?, curioso el apellido para el tema que tratamos), quien, a su vez, era mayordomo del emperador. Parece ser que don Bernabé ponía interés, pero la educación del infante no era la más adecuada; Jeromín dedicaba más tiempo a tirar con ballestilla a los pájaros (quizás en lo que hoy es el patio del colegio que lleva su nombre) que al estudio y a su adecuada formación. Por esta razón se decidió, cuatro años más tarde, trasladarle a Villagarcía de Campos, donde, bajo la tutela de la mujer de Luís Méndez de Quijada, doña Magdalena de Ulloa, culminó su formación y preparación. A buen seguro que don Juan de Austria no olvidaría estos años en Leganés donde pudo disfrutar de un grado de libertad que, con toda probabilidad, le sería desconocido más tarde. Parece, además, que a pesar de estar destinado por su padre a hacer carrera eclesiástica, sus correrías por las huertas de Leganés y los desdichados pajarillos le predestinaron a la carrera de las armas. Haciendo uso de esta profesión y bajo el mandato de su hermano Felipe II, gobernó y condujo la armada católica que destruyó a la flota turca en Lepanto con tan sólo veintiséis años. No hay que olvidar, pues, que este paisano nuestro también dirigió en esa ocasión al mayor ingenio de la literatura castellana, y dichosamente con fortuna.

Pero dejemos atrás los vetustos y añejos recuerdos, nostálgico lector, y sigamos paseando por Leganés. Muy cerca de la calle Jeromín, en la plaza de España, surge una de las estatuas más queridas en Leganés: “Mujer en libertad”, obra en bronce de José Leal. Cuando pasé a su lado recordé uno de los pasajes más bellos del Quijote:

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre. ¿Puede añadirse algo más? A buen seguro que no.

No lejos de allí, entre el sol y la luna, te podré decir, parafraseando a don Quijote: “con el manicomio hemos dado, amigo lector”. Espero que cuando leas este artículo los responsables regionales de la sanidad se hayan apiadado del edificio y lo hayan rescatado de su segura ruina, y en consecuencia todavía esté en pie su estupenda fachada neomudejar. El falso Quijote del apócrifo Avellaneda acaba sus días como un orate, encerrado en el frenopático de Toledo; pero el genuino, el verdadero, el auténtico muere cuando muere su locura, como dijo el cura: Verdaderamente se muere y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano. ¿A quién le interesa la vida de Alonso Quijano “el Bueno”? Pero volvamos a nuestro psiquiátrico: algunos locos ilustres han pasado por la puerta de la antigua Casa de Locos de Santa Isabel o del moderno Instituto Psiquiátrico José Germain; recuerdo, a bote pronto, al poeta Leopoldo Panero, morador del Instituto y vecino nuestro durante muchos años. Los leganenses compartimos con don Quijote ser un referente y un símbolo de la locura y de los locos. Es imposible olvidar las alusiones que sobre el manicomio de Leganés hacen varios literatos del siglo XIX, especialmente Galdós que lo cita varias veces en algunas de sus obras más importantes: “Fortunata y Jacinta”, “La desheredada”, “Misericordia”,… Como muestra un botón: allá por el 1898 se estrenó en el teatro Maravillas de Madrid un disparatado “apropósito cómico-lírico”, titulado “Leganés, 15—3 T”, texto de Felipe Pérez Capo y libreto de Mariano Hermoso y Manuel Chalons, en el cual se explican los dislates y desatinos de la revista representando la obra como creación “de tres de Leganés”; sin más, queda justificado el absurdo de la revista. No olvidemos que, como decía la copla:

Tres cosas tiene Leganés

que no las tiene Getafe:

casa de locos, cuartel

y el huerto del tío Tomate.


De las tres, la casa de locos es la única que queda (no sé por cuánto tiempo); así que digamos como el eclesiástico que reprendía sus locuras a don Quijote cuando el duque hizo gobernador a Sancho: mirad si no han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras.

Pero prosigamos, curioso lector, con nuestro paseo. Me dirijo ahora al barrio del Carrascal y en el camino me tropiezo con el edificio Sabatini, antiguo cuartel saboyano y moderna universidad carolina, edificio del prestigioso arquitecto italiano Francisco Sabatini ¡Qué mejor motivo para recordar el memorable discurso de las armas y las letras que hizo don Quijote! En este discurso, acorde a la profesión que profesaba nuestro caballero, las armas ganan por goleada a las letras; éstas, según don Quijote, deben hacer buenas leyes y garantizar su cumplimiento para lograr una justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo; fin loable y excelso, pero que no alcanza a la finalidad de las armas, que no es otra que la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida. En esto, siento decirlo, los leganenses nos distanciamos de don Quijote, y hace algunos años ya que apostamos por las letras como primera opción para la paz. De todas formas, algunos queremos pensar que, en nuestros días, el bueno de don Quijote habría marchado, a pie o a caballo, a nuestro lado por la paz y en contra de la guerra.

Al cruzar Zarzaquemada en el paseo de La Solidaridad, nos encontraremos con la estatua ecuestre de “Orestes”, de José Seguiri. De la leyenda trágica de este héroe clásico (¡Oye!, de culebrón venezolano: a petición de su hermana, mató a su madre en venganza por el asesinato de su padre) no se acuerda Cervantes, pero sí de su ejemplar amistad con Pílades; a la que pone como comparativo de la que se tuvieron Rocinante y el rucio de Sancho, digo que, dice Cervantes, dicen que dejó el autor escrito.

En la marcha hacia el este por Zarzaquemada, a la altura de la Casa de los Niños (edificio del no menos prestigioso arquitecto José María Pérez “Perídis”), nos hallamos, de improviso, rodeados de los felinos de bronce de la “Plaza de los Gatos”, obra de Adrián Carra. En este lugar ¿cómo no evocar la burla de los gatos que los duques aragoneses le hicieron a don Quijote?, una de las más divertidas y a la vez dolorosa. La bella y cruel Altisidora suspiraba de amor por don Quijote, lo que obligaba a nuestro héroe a realizar ingentes esfuerzos por preservar su castidad y su amor por la entonces encantada Dulcinea; tarea difícil, dado el ardor y la pasión que la adolescente ponía en su quehacer. En esto, ya de noche, don Quijote se asomó al balcón de su aposento en un intento de desengañar a Altisidora; y sin decir agua va fue atacado por una jauría de diablos gatunos que, encencerrados por las colas y encerrados en un saco, atacaron despiadadamente a nuestro caballero; quien, ciego por la oscuridad y sordo por el estruendo, daba cuchilladas al aire en un vano e inútil empeño de defenderse de la legión de fieras endiabladas que miañaban por doquier. La aventura acabó con el rostro de nuestro héroe surcado de arañazos y con sus narices horadadas por los colmillos de un gato que no se arrendó a pesar de las amenazas que profería don Quijote: ¡No me le quite nadie, déjenme mano a mano con este demonio, con este hechicero, con este encantador; que yo le daré a entender, de mí a él, quién es don Quijote de la Mancha! Lo cierto es que nuestra canalla gatesca, es más queda, más sorda y mucho más pacífica.

Seguimos andando, y en el camino nos encontramos la fuente de La Noria, que nos evoca la aventura del barco encantado en el Ebro, en la cual, amo y escudero, estuvieron a punto de morir ahogados o destrozados por una aceña; y en la que no me entretengo ya que se va haciendo tarde y nos queda aún un buen trecho.

Tras atravesar el Carrascal llegamos, andante lector, a la avenida de la Lengua Española; impresionante avenida de amplios carriles, medianas arboladas y paseos ajardinados, que antes simplemente era la carretera de Villaverde. Qué mejor homenaje para la lengua española que el propio Quijote. No deja de sorprender la clarividencia de Cervantes, que, en el prólogo de la segunda parte de don Quijote, en la dedicatoria que hace a Pedro Fernández de Castro, VII conde de Lemos, le dice (¿en tono de sorna?) que ha recibido carta del emperador de China, en lengua chinesca, en la cual le informa que tiene intención de abrir un colegio en China donde se enseñe la lengua castellana y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Lo cierto es que el Quijote es una obra universal traducida a todas las lenguas cultas, y que ya en su época fue un éxito editorial importante; así, la primera edición en inglés fue en 1612 y en francés en 1614, las dos antes de que saliera de imprenta la segunda parte; los demás idiomas europeos siguieron la serie con celeridad. El vaticinio de don Quijote que de su historia se imprimirían treinta mil veces de millares, sin que el cielo lo haya remediado, se superó hace ya muchas décadas.

En esta avenida, en una de las rotondas de acceso a Parquesur, encontramos una escultura dedicada a “Rocinante”, obra en bronce patinado de Wenceslao Jiménez. Se trata de un Rocinante… ¿cómo decirlo?, sorprendente, portentoso, extraordinario, asombroso, prodigioso, admirable, grandioso, imponente,… A nadie se le escapa que la figura que se nos representa tiene poco que ver (por no decir nada en absoluto) con la idea que todos tenemos de Rocinante y de la descripción que de esta mítica cabalgadura se hace en la novela; Cervantes nos lo pinta flaco, muy flaco, flaquísimo, tanto que se convirtió en el nombre de todos los rocines flacos: estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propiedad se le había puesto el nombre de Rocinante. Por contra el autor parece que pretende mostrar la imagen idealizada que de Rocinante tenía don Quijote: fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que “tantum pellis et ossa fuit”, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. En fin, doctores tiene la escultura, y como los de todas las ciencias y artes han de comer.

Rocinante era, con diferencia, mucho más templado, sosegado y tranquilo que toda la caterva de caballos famosos: no se parecía a Bucéfalo ni a Babieca ni a Pegaso ni a Brilladoro ni a Bayarte ni a Frontino ni a Bootes ni a Peritoa ni a Orelio ni a Hipogrifo ni siquiera a Clavileño el Alígero. Tanto se diferenciaba de ellos que sólo en la batalla contra el Caballero de los Espejos se le conoce a Rocinante haber corrido algo; además, la única ocasión en que sabemos que Rocinante sintió picores y deseos poco castos fue en la aventura de los yangüeses y acabó apaleado, maltrecho y derrengado por los suelos, y con él su caballero y escudero. Pero, a pesar de ser tan diferente, puede encabezar la lista de caballos famosos; aunque se llevara la culpa de la derrota definitiva de don Quijote frente al Caballero de la Blanca Luna. Tan grave fue el cargo que a punto estuvo de ser ahorcado por este delito en el camino de vuelta a la anónima aldea de nuestros héroes; pero el espíritu agradecido de don Quijote no lo permitió: —Pues ni él [Rocinante] ni las armas —replicó don Quijote—, quiero que se ahorquen, porque no se diga que a buen servicio mal galardón.

Me despido de la rotonda, y de la estatua, recordando un trozo del diálogo que, en forma de soneto, mantuvieron Babieca y Rocinante:

Babieca: Metafísico estáis

Rocinante: Es que no como

La avenida de la Lengua Española nos lleva al monumento capital de Leganés relacionado con don Quijote y Cervantes: la escultura de acero corten y bronce titulada “Homenaje a la Lengua Española”, obra de Aurelio Teno. Este Quijote leganense conecta directamente con otros dos monumentos del mismo autor, dedicados al mismo personaje y ubicados en las capitales de los Estados Unidos y de Argentina: Washington, Buenos Aires y Leganés, los tres vértices del triángulo cervantino y atlántico de Aurelio Teno (verdad que da un “no sé qué” el codearse con los más grandes). Con un acusado modelado expresionista, el autor nos representa la figura de don Quijote alzando con sus brazos la cabeza, apenas esbozada, de Rocinante. Las figuras se erigen encima de un voluminoso libro de acero cortén; parece que don Quijote quiere sobrepasar los angostos cañones de la palabra y, con su cabalgadura, volar por las dilatadas llanuras del espíritu, de la misma forma que un idioma no sólo es un mecanismo, más o menos eficaz, de transmisión de información sino que es parte fundamental del acerbo cultural que define y conforma las sociedades de los hombres. El conjunto escultórico está rodeado de flores en un homenaje agradecido y sentido de todos los leganenses a nuestra lengua común, y por extensión a don Quijote y a toda la miríada de personajes literarios, reales o de ficción, que nos permiten vivir desde el sofá, desde el metro, desde la piscina, desde…cualquier lugar, las más remotas aventuras, las más entusiastas pasiones y las más excitantes vidas.

La gran novela de Cervantes, en sí, y los personajes que aparecen en ella, han sido objeto de innumerables estudios, ensayos, conferencias, reflexiones, tesis doctorales, artículos (en algunos casos “articulillos”), ediciones, etc.; y, en consecuencia, también han sido multitud los autores, literatos, filósofos, lingüistas, historiadores, pintores, escultores, intelectuales (en algunos casos “intelectualillos”), pensadores, etc. que de una u otra forma han abordado el tema. Por lo tanto es tarea imposible, y con seguridad ingenua, pretender recoger sumariamente una frase, una afirmación, una imagen, …, que pueda poner en común tantos y tan diversos puntos de vista, y en algunos casos tan discrepantes; por eso, me limitaré a reproducir la descripción que de la primera parte del Quijote hacía el bachiller Sansón Carrasco cuando le explicaba, al mismo don Quijote, el éxito de su historia: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran.

En fin, paciente lector, parece que nuestro recorrido se acerca poco a poco a su final, y dejando atrás la avenida de la Lengua Española ponemos rumbo al barrio de San Nicasio, en concreto a la avenida del Mar Mediterráneo. Como el mar al que está dedicado, que parece un patio de vecinos gigante, nuestra avenida es donde confluyen varios barrios del distrito de San Nicasio: Ríos, Campo de Tiro y V Centenario, y también el barrio de La Fortuna. La casualidad ha querido, por un lado, que en esta calle esté el colegio que Leganés dedica a la ya glosada batalla de Lepanto, para Cervantes su mayor momento de gloria; y juntarlo con el de mayor dolor para don Quijote, ya que fue en las playas de Barcelona, a orillas del Mediterráneo precisamente, donde nuestro Caballero de los Leones perdió su singular y último lance contra el Caballero de la Blanca Luna, lo que le obligó a retirarse durante un año a su aldea y renunciar al uso de las armas durante ese tiempo. Tremendas condiciones que don Quijote aceptó porque estaba obligado por las leyes de la caballería andante, pero a lo que no estuvo dispuesto fue a reconocer que existiera, ni tan siquiera que pudiera existir, otra más bella que Dulcinea; e incluso estando ya derribado, y el Caballero de la Blanca Luna intimándole con la punta de la lanza en su cuello, revindicó don Quijote su amor y su entrega a la princesa manchega. Se trata de uno de los momentos más tristes de la novela cervantina, donde hasta el más insensible corre riesgo de sentir humedad en los ojos. En cuanto a las emociones que genera, sólo son comparables a las que suscita el diálogo que mantienen amo y escudero cuando, derrotados y abatidos, regresan a su aldea, y Sancho, contagiado del mal de su amo, le anima para pasar el año de penitencia disfrazados de pastores en los montes, selvas y prados de la aldea; incluso don Quijote ya piensa en sus nombres: yo el pastor Quijótiz, y tú el pastor Pancino; pero no se quedó ahí, Sansón Carrasco sería Sansino o Carrascón; el barbero maese Nicolás, Miculoso; el cura, Curiambro; Teresa, Teresona; y Dulcinea, ¡ay!, Dulcinea sólo podía ser Dulcinea.

Para compensar estos sentimientos, quiero informarte, afligido lector, que al margen de esta avenida se erige, sugestivo, el nuevo centro cívico municipal, que está dedicado a José Saramago, un portugués que se ha convertido en una de las glorias de las letras castellanas. El edificio, obra de Manuel del Vals y que de alguna manera evoca la romana plaza de San Pedro, parece querer acoger en su seno diáfano y límpido al visitante e introducirlo, por un patio de agua y plantas, en el templo de la cultura que conforman su gran biblioteca y su magnífico teatro dedicado a José Monleón.

Cuando dejo la avenida del Mediterráneo, recuerdo las desconsoladas y amargas palabras con las que clamó don Quijote cuando salió de Barcelona:

—Aquí fue Troya; aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; aquí usó la Fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se oscurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse.

Nuestro periplo llega a su fin, estimado lector, atravieso el barrio de las Provincias, dirección Valdepelayo, y en el altozano de la calle Aragón diviso el colegio público dedicado a la memoria de Miguel de Cervantes. En este punto tan sólo me queda culminar el traslado de su autorretrato:

Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria.

En la aprobación de la segunda parte del Quijote, el licenciado Márquez Torres cuenta que cuando estuvo en Francia, con motivo de las negociaciones de las bodas entre príncipes e infantas de aquel reino y el de España, descubrió que Cervantes era conocido y alabado por los caballeros franceses, no sólo por el Quijote, sino también por “La Galatea” y por sus “Novelas Ejemplares”. El licenciado sigue su relato apenado porque, ante las insistentes preguntas de los franceses sobre la persona de Cervantes, tuvo que confesar que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras: «Pues ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario publico?». Pues que se sepa, afecto lector, que Leganés si honra y ensalza como se merece la memoria de Cervantes y de sus creaciones.

Por todo esto digo que Leganés es, y así debe ser reconocida a partir de ahora, una de las ciudades cervantinas de mayor importancia en España, e incluso en el mundo. De todas formas, habrá ciegos que continuarán viendo una bacía donde reluce el dorado metal del yelmo de Mambrino; pues a esos les proclamo: ¡Leganés, ciudad cervantina!, y quien lo contrario dijere, le haré yo conocer que miente, si fuere caballero, y si escudero, que remiente mil veces.

Así, fiel lector, termino el “articulillo”, y hago mías las palabras de Cervantes en el prólogo de la segunda parte del Quijote: ¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?

Vale.

© Francisco Arroyo Martín


Para citar este artículo desde el blog:

ARROYO MARTÍN, Francisco. Leganés, ciudad cervantina. http://franciscoarroyo.blogspot.com/. 14 julio de 2007. © Fotografías: José Luis Sampedro y archivo Ayto. Leganés


El artículo está publicado en:

  • ARROYO MARTÍN, Francisco. Leganés, ciudad cervantina; en: AA.VV. Jornadas Cervantinas: El Quijote IV Centenario. Leganés. Madrid. Instituto de Estudio Históricos del sur de Madrid «Jiménez de Gregorio» y Ayto de Leganés, 2005, págs. 11-25.ARROYO MARTÍN, Francisco. Leganés, ciudad cervantina; en: AA.VV. Memoria: El Quijote IV Centenario. Leganés, editado por Juan Alonso Resalt. Madrid. Instituto de Estudio Históricos del sur de Madrid «Jiménez de Gregorio» y Ayto de Leganés, 2006, págs. 95-111.


14 Septiembre 2006

El PSOE desde la proclamación de la Segunda República hasta la aprobación de la Constitución de 1931

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El PSOE desde la proclamación de la Segunda República hasta la aprobación de la Constitución de 1931
Por Francisco Arroyo Martín
Agrupación Socialista de Leganés

[Conferencia impartida en la Agrupación Socialista de Leganés con motivo del 75º aniversario de la II República]

Leganés, 19 de abril de 2006

75º ANIVERSARIO DE LA PROCLAMACIÓN DE LA SEGUNDA REPÚBLICA ESPAÑOLA

Presentación

Quiero empezar mi intervención agradeciendo a la compañera que ha decidido donar esta bandera, este símbolo de lucha, de compromiso y de fraternidad, a nuestro partido, y, en concreto, a la Agrupación Socialista de Leganés. Tenemos que felicitarnos por ello, y también tenemos que seguir trabajando de forma tenaz y constante para que colectivamente sepamos y podamos estar a la altura de todo lo que representa esta bandera; estoy seguro de que conjuntamente podemos conseguirlo.

Acto seguido, y siguiendo con el capítulo de agradecimientos, lo quiero expresar en este momento hacia nuestro Secretario General por la invitación que me hizo a participar en este acto, para el cual, además, me pidió que preparara una pequeña alocución relacionada con el hecho sustancial que hoy nos ha juntado aquí: la recuperación para el colectivo del Partido Socialista Obrero Español de un emblema de la historia del movimiento obrero de nuestro país y la conmemoración del 75 aniversario de la proclamación de la Segunda República Española.

Yo he hablado numerosas veces en este foro; unas veces como cargo político, otras como cargo orgánico y otras como militante. Mis intervenciones han sido para dar gestión, presentar programas y propuestas, analizar diferentes situaciones y acontecimiento del devenir de la actualidad política, preguntar, contestar, apoyar unas veces, criticar otras, aportar ideas y sugerencias en programas, … En definitiva, nada más que lo que cualquier activo del partido hace habitualmente en nuestra agrupación. Pero en este acto voy a hablar de Historia; por primera vez hablo en esta casa, en mi casa, en la Casa del Pueblo de Leganés, de Historia; y para mí es una verdadera satisfacción. ¿Por qué? Puede que alguno de vosotros os lo preguntéis; y quiero contestaros que yo, con humildad y modestia, me considero ante todo un aprendiz de historiador, como saben aquellos que bien me conocen. Por eso reitero mis agradecimientos y mi satisfacción por haber tenido la oportunidad de participar en este acto.

Comentaba hace un momento que lo que hacemos en este acto es en sí la recuperación para el colectivo del PSOE de un emblema, de una insignia, de una divisa de una parte de la historia del movimiento obrero de nuestro país. Si este acto se sometiera al análisis frío y aséptico de un observador externo, posiblemente concluiría de esta forma:

“Estos socialistas de Leganés están un poco locos: si hay más de 500 banderas en el almacenillo, ¿Qué importa una más?”

Si de forma fría y aséptica el acto en sí mismo no tiene especial significación, ¿Por qué la tiene para todos nosotros? Además estoy seguro de que ninguno nos emocionaríamos porque el inventario de banderas de la agrupación aumente en una más; entonces ¿Por qué para todos los que estamos aquí hoy, este acto es importante?

La respuesta hay que buscarla en que lo que da sentido a la izquierda como pensamiento político no son los partidos, ni las propuestas más o menos acertadas, ni las personas que dirigen las organizaciones políticas; nada de eso por sí solo explica que nosotros nos sintamos herederos de un acerbo cultural y político que nos identifica, interna y externamente, como compañeros frente a otras concepciones políticas. La razón última es la pervivencia en el tiempo de unos valores que constituyen la esencia del pensamiento político de izquierdas; y que, a pesar de los cambios, transformaciones y novedades que se han producido en los hombres y mujeres y en las sociedades que forman, perviven en el intelectual colectivo y dan sentido a nuestra actividad por mucha mutación que se produzca.

Ante estas mudanzas, estos valores necesitan verse reflejados en símbolos, que, en algunos casos, pueden desembocar incluso en mitos que faciliten la identificación colectiva de los valores gregarios. Así, esta bandera que hoy recibimos ha dejado, en este acto, de tener exclusivamente un valor privado, emotivo y sentimental (¡ojo!, que no es poco), y adquiere, en este mismo acto, una trascendencia colectiva, evocativa y simbólica. La bandera pasa de ser una mera enseña de un grupo de trabajadoras más o menos organizado, a convertirse en un símbolo de cómo la lucha obrera se mantuvo con pulso, viva, aún en las peores circunstancias.

Pero para que los símbolos puedan cumplir el papel de aglutinante, se precisa que sean conocidos y valorados. Por eso, y dado que en el acto de hoy también conmemoramos el 75 aniversario de la proclamación de la Segunda República Española, periodo histórico que es, igualmente, un símbolo de la izquierda y del movimiento obrero, he creído conveniente centrar el contenido de esta charla en el papel que jugó nuestro partido, el PSOE, en los primeros meses de esta apasionante etapa de la historia de España.

Introducción. La Segunda República: El PSOE entre la revolución o el reformismo

Para la izquierda política de nuestro país, la Segunda República representa uno de los momentos más trascendentales de su historia. Por primera vez los partidos obreros llegaban al poder en España, y, además, lo hacían por medios democráticos y con una revolución incruenta que produjo un cambio de régimen político.

Evidentemente este hecho marcará el devenir de los partidos de izquierda, y, en concreto, el del PSOE. Desde el origen del partido se aprecian dos líneas de actuación por parte de sus dirigentes, a las que podríamos resumir como vía revolucionaria y vía reformista. En el periodo que vamos a analizar encontraremos la expresión más genuina de esta dicotomía. Durante el bienio reformista (1931-1933) hallaremos que el partido socialista se posiciona dentro de un claro y decidido reformismo. Veremos que, lejos de forzar situaciones revolucionarias, el PSOE, principal partido obrero del momento, gobierna con partidos republicanos burgueses; y desde el gobierno tendrá que enfrentarse a la acción política del PCE, que en esos momentos era un partido de muy corta afiliación pero tremendamente organizado; y también tendrá enfrente a la entonces muy poderosa CNT; ni siquiera el apoyo incondicional de la UGT le sirvió para atemperar el desgaste de estos años.

Posteriormente, después de que la derecha conquistara el poder en las elecciones de 1933, el PSOE da un profundo giro en su política y se desvincula de las opciones moderadas, convirtiéndose en el principal impulsor de las Alianzas Obreras, que generarán el movimiento revolucionario de 1934.

Tras el fracaso de los movimientos de noviembre de 1934, y tras la dura represión que les siguió, el PSOE abandonó definitivamente las veleidades revolucionarias y apostó por el posibilismo político; a la unidad revolucionaria si bien, durante mucho tiempo y en muchas ocasiones, se escondía debajo de unos planteamientos cargados de radicalismo. Esto es algo que se puede apreciar en la formación del Frente Popular. La derecha reaccionaria se había aglutinado en torno a la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), y parecía que sólo la unidad del resto de fuerzas políticas (democristianas, progresistas, republicanas, nacionalistas, radicales y obreras) podía vencerla. Así se formó el Frente Popular: variopinta coalición política, en la que convivían desde el POUM, hasta partidos republicanos burgueses, pasando por el PSOE y el PCE, que dio lugar a una formación muy radicalizada en los mensajes, pero con un programa muy moderado de corte republicano, que, por desgracia, no pudo ni tan siquiera iniciarse por el golpe militar de Franco en 1936.

Desde la proclamación hasta la aprobación de la Constitución (1931)

El 13 de abril de 1931 se comienzan a conocer en toda España los resultados de las elecciones municipales del domingo 12; y ese mismo día por la tarde las gentes se lanzaron a la calle en el sentido exacto del término: todas las localidades se convirtieron en un hervidero de gente y noticias. En casi todas las ciudades y pueblos se produjeron actos de afirmación republicana, que, en la mayoría de los casos, consistían en concentraciones pacíficas; las acciones de mayor “violencia” consistieron en arrancar las placas de las calles con nombres monárquicos (del tipo: calle Real, avenida de Alfonso XIII, etc.).

Fue una localidad vasca, guipuzcoana a más señas, la primera en proclamar la República, concretamente a las seis de la mañana del día 14 lo realizan los concejales republicanos de Eibar; después le seguirían muchas más: Barcelona, Zaragoza, Sevilla,… El cambio de régimen culminaría con la precipitada salida del rey Alfonso XIII ese mismo día, y con el discurso de Alcalá Zamora en Madrid, a las nueve de la noche, anunciando a los españoles la Segunda República.

La proclamación

Pero vamos a ver cómo se sucedieron los acontecimientos políticos. En primer lugar hay que señalar que la monarquía entró en el año 1931 con una profunda crisis social y política, agudizada por el fracaso político de la dictadura de Primo de Ribera y por la crisis económica mundial de 1929. Aquí algunos de los temas candentes: en la modelo de Barcelona estaba encarcelado todo un “gobierno provisional de la república” que salió de la reunión que el autodenominado “comité revolucionario republicano” tuvo en San Sebastián a finales de 1930; el gobierno monárquico quería fusilar (como lo hizo al final) a los capitanes Galán y García Hernández por la sublevación de Jaca del 12 de diciembre de 1930, creando así los primeros mártires de la II República; los monárquicos exigían una elecciones para la formación de unas cortes constituyentes, las cuales rechazaban frontalmente los republicanos y los socialistas; el gobierno dimitirá en bloque el 14 de febrero de 1931, … Ante esta situación el gobierno del almirante Juan Bautista Aznar (último presidente de la monarquía) convocó unas elecciones municipales para el 12 de abril a las que seguirían una elecciones generales de carácter constituyente.

Señalar que el PSOE, y el resto de partidos republicanos, decidieron participar en las elecciones, aunque no pensaban reconocer a los ayuntamientos resultantes de las mismas, ya que consideraban que la manipulación electoral imposibilitaría el acceso a las ciudades importantes de los partidos obreros y republicanos.

Lo cierto es que el juicio de los sucesos de Jaca y el realizado al “comité revolucionario” (13 y 20 de marzo), se convirtieron en cajas de resonancia del programa republicano, mientras que los sectores monárquicos, con profundas diferencias entre sus principales dirigentes, no supieron reaccionar a tiempo.

Los resultados fueron sorprendentes para todos:

o 67 % de participación, lo que desmiente el abstencionismo monárquico.

o 50,83 % de concejales monárquicos; 49,17 de antimonárquicos (si bien los resultados estaban distorsionados por el artículo 29 de la Ley Electoral que favorecía a los candidatos oficialistas del gobierno).

o En 44 capitales de provincia vencen las candidaturas republicanas, frente a las sólo 8 en las que lo hacen las monárquicas (Lugo, Burgos, Soria, Ávila, Pamplona, Cádiz, Las Palmas de Gran Canaria y Palma de Mallorca).

Ante esta situación, la derecha se vio desbordada por los acontecimientos. Y tras la proclama de Eibar, se precipitan las promulgaciones republicanas en los balcones de ayuntamientos y diputaciones: la gente está en la calle, nadie parece trabajar ese día, se producen innumerables concentraciones y manifestaciones populares, espontáneas y pacíficas. Sin duda alguna, esta situación amedrenta al rey que, ese día 14, a las once de la mañana, ordena al conde de Romanones que prepare el traspaso de poderes y la salida de la familia real con Alcalá Zamora. Romanones pretendía conseguir unas semanas donde se pudiera buscar una solución definitiva. Alcalá Zamora, que en esos momentos contaba ya con el apoyo de la Guardia Civil dirigida por el general Sanjurjo, y en uno de sus escasos momentos de clarividencia política, se mostró inflexible: el plazo para la salida de Alfonso XIII será esa misma noche (en concreto antes de la salida del sol del día 15). Igualmente, Alcalá Zamora, en unos de sus abundantes momentos de acierto en la gestión, exigió legitimar el traspaso de poderes: el rey traspasaría todos los poderes al gobierno actual del almirante Aznar; y éste los traspasaría, al día siguiente, a los nuevos mandatarios.

Esta reunión acabó a las dos y media. A las seis se reunió el último Consejo de Ministros de la monarquía, que se celebró en el Palacio Real de Madrid[1]. Con tan sólo la oposición de De la Cierva se aprobó el traspaso de poderes con un discurso de Alfonso XIII que comenzaba así: “Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que hoy no tengo el amor de mi pueblo […]”. Inmediatamente partió hacía Cartagena, de donde saldría el barco con destino a Francia.

De todas formas, el traspaso de poderes no se produjo de la forma acordada. El Comité Revolucionario, presionado por las masas que inundaban todo el centro de Madrid, había decido hacerse formalmente con el poder sin esperar al traspaso acordado. Así, a las ocho de la tarde, el que ya se denominaba “gobierno provisional de la república”, llega al ministerio de gobernación en la Puerta del Sol. En la entrada, la Guardia Civil que protegía el edifico le presenta armas; después, Miguel Maura realiza la primera acción del gobierno provisional: la destitución telefónica de los gobernadores civiles de toda España.

A las nueve de la noche, en un discurso radiado, Alcalá Zamora anunciaba a los españoles el cambio de régimen; decía: “[…] la segunda república española se ha instaurado por un acto de soberanía popular, pacífico y ejemplar […]”

El PSOE fue un elemento determinante para que la proclamación de la república se hiciera como se hizo, pues siendo el partido obrero y de masas más importante del momento, y contando entonces con la UGT como la principal fuerza sindical, la presión popular pudo ser canalizada y sustentada. Los representantes del partido en el “comité revolucionario” defendieron que era preciso hacerse con el poder independientemente de las formalidades legitimadoras, pues era la voluntad popular quien lo legitimaba. Su participación en el “gobierno provisional” se realizó según los acuerdos de la declaración de San Sebastián.

El gobierno provisional

El gobierno provisional estaba formado según los acuerdos del Pacto de San Sebastián, y conformaba una amplia coalición de partidos republicanos que abarcaban todo el arco ideológico:

o Presidente: Niceto Alcalá Zamora (Derecha Liberal Republicana).

o Estado: Alejandro Lerroux (Partido Republicano Radical).

o Gobernación: Miguel Maura (DLR).

o Justicia: Fernando de los Ríos (Partido Socialista Obrero Español).

o Guerra: Manuel Azaña (Acción Republicana).

o Marina: Santiago Casares Quiroga (Organización Republicana Gallega Autonomista).

o Fomento: Álvarez de Albornoz (Partido Republicano Radical Socialista).

o Economía: Nicolau d’Olwer (Partit Catalanista Republicà).

o Hacienda: Indalecio Prieto: (PSOE).

o Trabajo: Francisco Largo Caballero (PSOE)[2].

o Instrucción Pública: Marcelino Domingo (PRRS).

o Comunicaciones: Diego Martínez Barrio (PRR).

Como se puede apreciar, el conglomerado de partidos era ya muy grande, en concreto de siete partidos; pero en algunos casos, estos partidos eran representantes de otras alianzas de partidos o de opciones políticas territoriales. Así, Acción Republicana representaba a una pequeña coalición de grupúsculos organizados en Alianza Republicana; los partidos autonomistas gallego y catalán, a su vez, representaban otras opciones federalistas y autonomistas. En conclusión, era un gobierno complejo que, además, no contaba con un programa de gobierno definido[3]. El PSOE, si bien renunció, en favor de la unidad republicana, a la presidencia del gobierno que le correspondía, asumió tres carteras de vital importancia: Trabajo, que debería acometer la reforma agraria, problema básico entonces; Justicia, que debería garantizar el ordenamiento jurídico y la aplicación de las reformas; y Hacienda que debería buscar los recursos necesarios para llevar a buen puerto las nuevas iniciativas legislativas.

El PSOE era el partido con más miembros en el gobierno, pero su papel como garante del proceso era mucho mayor. Se trataba de un partido muy regularmente implantado en todo el territorio del Estado; contaba con más de 25.000 afiliados, lo que implicaba ser el mayor partido de masas del momento. Además la Unión General de Trabajadores, con cerca de 300.000 afiliados al inicio del año 1931 que se convertirían en cerca de 1.000.000 a finales de año, en esos momentos participaba de una misma directriz política, lo que posibilitó que la naciente república pudiera soportar los duros ataques a que se vio sometida desde la derecha reaccionaria y desde la izquierda revolucionaria.

En este caso, el reformismo político y el posibilismo en la gestión, fueron las opciones que imperaron dentro del partido. De todas formas el debate dentro de la organización era muy fuerte y con posiciones muy extremas que obligaron, incluso, a la convocatoria de un congreso extraordinario.

Pero no adelantemos acontecimientos; veamos primero cómo era la España republicana.

La España del 15 de abril, los retos republicanos

La situación económica del país se encontraba en una fase de transición. El modelo de crecimiento económico de la dictadura de Primo de Ribera, basado en el proteccionismo y en fuertes medidas arancelarias, estaba agotado y con claros signos de recesión que imposibilitaban mantener la positiva balanza comercial con el exterior. Además, los efectos de la crisis mundial de 1929, comenzaban a sentirse en las economías internacionales. Parece que era imprescindible iniciar una política destinada a aumentar el mercado interno. Pero las raquíticas condiciones productivas de la industria, muy dependiente de la maquinaria y de elementos manufacturados externos; la falta de capitalización (a modo de ejemplo señalar que Telefónica, que era la sociedad anónima más importante del país, era controlada en su totalidad por una empresa extranjera, la ITT); las insuficientes redes de transporte y comunicaciones; la atomización industrial; la falta de una estructura financiera estable; la baja productividad laboral; etc., lo convertían poco menos que en una misión imposible.

Pero con todo, el principal problema lo constituía la estructura de propiedad agrícola. Sirva el dato: Galicia contaba con 14.500.000 fincas que ocupaban 2.000.000 de hectáreas; Andalucía occidental, 4.000 fincas para 2.500.000 de hectáreas. Las dos opciones eran nefastas: en el norte apenas se obtenía suficiente para mantener a los campesinos que trabajaban las fincas; y en los latifundios del sur el monocultivo, el absentismo de los propietarios y la desviación de los capitales, ofrecían cada vez menos posibilidades a los agricultores y trabajadores agrarios. Las condiciones de vida de gran parte de los jornaleros andaluces, extremeños y castellanos, se podrían calificar de miserables. Cerca de 4.000.000 de personas vivían de la actividad agraria[4], y para más de 3.000.000 de ellas, la modificación de las estructuras de producción y propiedad agrarias era vital.

Otra dificultad con que se encontró el gobierno de la república fue la conflictividad obrera. Se calcula que existían 2.500.000 de obreros industriales y 1.500.000 de pequeños empresarios, comerciantes, artesanos y funcionarios. Los trabajadores industriales, y buena parte de los agrícolas, se encuadraban dentro de las dos grandes centrales sindicales: UGT y CNT; esta última mantuvo durante este tiempo una gran beligerancia contra la república y sus gobiernos, a los que consideraba poco menos que sicarios del capitalismo. UGT, por el contrario, siempre se alineó con las distintas políticas que ejerció el PSOE, aunque presionó para que modificara el colaboracionismo inicial con los partidos burgueses por la unidad revolucionaria con los partidos y organizaciones obreras.

Otros problemas claves del momento eran la Iglesia y el Ejército. La jerarquía católica se mostró contraria al nuevo régimen y a sus órganos de gobierno, a los que consideraba como meros usurpadores del legítimo poder; aparte del anticlericismo tradicional del PSOE, había que añadir incluso el de los partidos republicanos más moderados. El principal problema estaba en que la práctica totalidad de la educación (muy deficitaria) estaba en manos de las órdenes religiosas. El ejército estaba fuera de control y totalmente desestructurado debido a las veleidades imperialistas de la década anterior en el norte de África; esta situación de guerra había generado un ejército con 200 generales, 17.000 oficiales y 100.000 soldados.

No hay que olvidar la situación de las nacionalidades. El nacionalismo catalán, vasco y gallego, por este orden, pugnaban entonces por conseguir estatutos de mancomunidades con autonomía política. En Cataluña existían varios partidos nacionalistas de todas las opciones ideológicas; no ocurría esto en el País Vasco, donde el Partido Nacionalista Vasco, de tendencia democristiana, era hegemónico si exceptuamos a los carlistas que en esos momentos defendían los tradicionales fueros; en Galicia los partidos nacionalistas eran mucho más moderados, y, en general, los podríamos definir como de centro-derecha.

Las primeras medidas de gobierno

En primer lugar, hay que señalar la ausencia de un programa de gobierno común; ni tan siquiera existía un programa definido ni un acuerdo de mínimos o de líneas básicas de acción. Nada. Hay que recordar que el pacto de San Sebastián era una declaración de unidad de acción para el derrocamiento de la monarquía; sólo había un acuerdo tácito: aplazar las cuestiones fundamentales hasta las elecciones constituyentes. Este acuerdo era lógico; además el primer (o único objetivo) del gobierno provisional era consolidar el nuevo régimen republicano antes que hincar reformas estructurales del Estado. Ahora bien, la presión popular, las expectativas que se generaron y los anhelos de los distintos sectores, forzaron que se adoptaran decisiones de gran calado que, si bien debían ser refrendados en las futuras cortes, constituían de por sí toda una declaración de principios.

Además, la coalición republicana estaba descompensada, pues los partidos burgueses eran claramente mayoritarios en la composición del gobierno; con lo cual, en el debate de los meses anteriores a las elecciones de junio se decantaron por una “república conservadora”, frente a la “república popular” que postulaban los sectores obreristas del PSOE y de los sindicatos. En general, en estos meses se produjo un difícil equilibrio entre la tendencia conservadora de la mayoría del gobierno y la necesidad de dar respuesta a las demandas sociales, que de forma inmediata se trasladaron al gobierno.

Tras la toma del poder y la destitución de los gobernadores civiles, y la información a los cuarteles de la nueva situación política, las primeras medidas decretadas, la misma noche del día 14, fueron:

o Aprobación del “Estatuto Jurídico” del gobierno provisional:

o Elecciones constituyentes para el mes de julio.

o Libertad de cultos y creencias.

o Respeto a la conciencia individual.

o Respeto a las libertades y derechos ciudadanos.

o Sometimiento de los decretos del gobierno a las futuras Cortes.

o Garantía de la propiedad privada; si bien se reservaba el derecho de expropiación por causa de utilidad pública.

o Amnistía para todos los delitos políticos, sociales y de imprenta.

o Declarar el día 15 de abril no laborable.

o Declarar fiesta nacional el 14 de abril.

o Decretos de nombramientos de altos cargos de la administración (gobernadores de Madrid y Barcelona; subsecretarios, etc.).

En definitiva podía ser el “Estatuto Jurídico” un programa mínimo de gobierno, pero la falta de coordinación y de unidad política del gobierno derivó en una autonomía ministerial, en la cual cada ministro llevó a cabo el programa de su partido en esa área.

El primer problema con el que tuvo que enfrentarse el gobierno provisional lo había originado la declaración de Macià el mismo día 14, cuando proclamó la “República Catalana dentro de la República Federal Española”. En principio, no se trataba de una declaración unilateral de independencia, pero sí se trataba de una definición de modelo de república; lo que, aparte de incumplir el pacto de San Sebastián, generaba profundas diferencias entre los partidos que conformaban el gobierno provisional. En esta situación, tres ministros[5] se desplazaron a Barcelona para ratificar los acuerdos del pacto de San Sebastián: las Cortes Constituyentes aprobarían un estatuto de autonomía para Cataluña previamente aprobado por referéndum por los catalanes; además el modelo territorial del Estado debía establecerse en la futura Constitución. Macià aceptó la propuesta a cambio de que el gobierno central legalizara al gobierno de la “Generalitat”; este decreto se firmó el 26 de abril, en el viaje que en loor de multitudes realizó Alcalá Zamora a Barcelona.

En el País Vasco, a rebufo de Cataluña, se produjo una revitalización del sentimiento nacionalista, que culminaría el 14 de junio con una asamblea de alcaldes en Estella que aprobaron un estatuto que reconocía un “gobierno vasco vinculado a la República Federal Española”. La autonomía para el País Vasco no era bien vista por el gobierno central, ya que los partidos proponentes, PNV y tradicionalistas, no destacaban precisamente por su fervor republicano; además, en el PSOE se mostraban muy reticentes a este estatuto de Estella por el papel que se otorgaba a la Iglesia en la educación.

Pero, como hemos visto, el problema más acuciante era el agrario, tanto en relación a los sistemas de producción como al régimen de propiedad. El día 20 de abril se produce el primer debate en el seno del gobierno sobre este asunto, y se aprecian claramente dos posturas enfrentadas: los ministros socialistas exigen la adopción de medidas drásticas para poner todas las tierras de labor en producción, bien por parte de los dueños o de los trabajadores; por otro lado el resto del gobierno prefería contemporizar y realizar estudios técnicos que permitieran buscar soluciones efectivas. La controversia se resolvió con la decisión de actuar en temas concretos por decretos y dejar la reforma estructural para la futura Ley de Reforma Agraria. Así:

o El 28 de abril se aprobó el decreto de “términos municipales” por el que se obligaba a los propietarios a emplear trabajadores del municipio donde se ubicaran las fincas (decreto de difícil aplicación, sobre todo en épocas de recolección).

o El 29 de abril se aprobó otro decreto por el que se prohibía la rescisión de los contratos de arrendamiento (excepto por falta de pago).

o El 7 de mayo se aprobó el decreto del “laboreo forzoso” que obligaba a cultivar las tierras según el uso y costumbre del lugar; en caso contrario, el laboreo de las fincas se cedería a las organizaciones obreras de la localidad.

o En junio, por varios decretos, se estableció la jornada laboral de ocho horas; se fijaron salarios mínimos en las actividades agrarias; y se crearon los jurados mixtos del trabajo rural.

Como se puede apreciar, son medidas muy moderadas, pero fueron vistas por los propietarios agrarios con connotaciones revolucionarias, lo que generó una fuerte contestación por la oligarquía agraria. A esto se añadió una gran conflictividad social que se generó desde el momento en que la CNT no aceptó de ningún grado las medidas adoptadas, en especial la de los jurados mixtos, que en gran mayoría ocuparon militantes de la UGT (recordar que Largo Caballero era presidente de la UGT). Todos los decretos habrían de ser convalidados por la futuras Cortes de la república.

Como hemos visto Manuel Azaña tuvo la responsabilidad de acometer las necesarias y drásticas reformas que necesitaba el Ejército. El primer paso era reducirlo en tamaño; hacerle en verdad operativo para la defensa nacional, modernizar el armamento; mejorar las unidades, tanto en su estructura de mandos como en las técnicas militares;… A este fin se redactaron más de treinta decretos que serían ratificados en las cortes de septiembre. Destacar:

o El 22 de abril se exigía la promesa de fidelidad a todos los militares que quisieran seguir en activo. Aquellos que no prometieran fidelidad se les retiraría del servicio pero percibiendo el sueldo íntegro.

o El 25 de abril, se promulgó el decreto de Retiros, por este decreto 8.000 oficiales (cerca del 40%) optaron por la jubilación anticipada.

o Se redujo el número de divisiones, se suprimió el Consejo Supremo de Justicia Militar, lo mismo ocurrió con las capitanías generales y con la Academia General de Zaragoza[6], etc.

o Se creó el cuerpo de suboficiales, para los cuales se debía reservar un 60% de las plazas de oficiales de las academias (se buscaba descastar la oficialía).

Si bien se puede hablar que la mayoría de las medidas adoptadas fueron positivas, el éxito de la reforma del Ejército fue relativo, pues muchos jefes militares antirrepublicanos no tuvieron el menor reparo de jurar fidelidad a la República y seguir conspirando contra el Estado; y por el contrario mucho buenos y fieles oficiales se acogieron a los beneficios del decreto de Retiros. Pero quizás el mayor defecto estribó en que no se realizó ninguna reforma en el cuerpo militar encargado del orden público, en la Guardia Civil. Como veremos, en muchos casos las actuaciones de la Guardia Civil para sofocar la infinidad de conflictos sociales con los que tuvo que bregar la república, originaron más problemas de orden público que el conflicto en sí.

También es reseñable el esfuerzo que el gobierno provisional realizó en mejorar la muy deficiente educación del país. La educación pública era claramente insuficiente, se estimaba que se precisaban más de 27.000 nuevas escuelas para garantizar la escolarización. Así sí las primeras medidas se encaminaron a dotar al estado de recursos suficientes. Además si se quería romper el cuasi monopolio que sobre la educación tenían las órdenes religiosas había que dar salida a los escolares que estaban en estas instituciones. Las medidas más importantes fueron fueron:

o Declarar voluntaria la enseñanza religiosa (6 de mayo).

o Creación del Patronato de Misiones Pedagógicas (29 de mayo).

o Se crearon 7.000 plazas de maestro.

o Se aumentaron los sueldos de los maestros entre el 20 y el 40 por ciento (23 de junio).

o Se aprobó un plan para crear 6.570 escuelas entre 1632 y 1933 (16 de septiembre).

Forzosamente, estas medidas, y otras de similar calado, como eran la disolución de las órdenes religiosas y el cese de toda ayuda oficial del Estado a las instituciones religiosas, generaron un conflicto con la Iglesia Católica desde el mismo día de la proclamación. Esta situación generó un clima de inquietud que tuvo su mayor exponente en la “quema de conventos”. Lo cierto es que estos hechos se produjeron en una “jornada de lucha” convocada para el 11 de mayo en Madrid por la CNT y el PCE (fuerzas de poca influencia en la capital) ante los altercados que se produjeron el día anterior en un intento de asalto del edifico del “ABC” donde murieron dos personas (una de ellas un niño de 13 años). En esta “jornada de lucha”, sin saber cómo y sin que ninguna organización revindicara la autoría, a las diez de la mañana empezó a arder la residencia de los jesuitas de la calle de la Flor; acto seguido le siguieron varios edificios religiosos de Madrid. Al día siguiente los altercados se propagaron por varias ciudades; más de cien edificios fueron incendiados, si bien no hubo ninguna víctima. El gobierno de la república, después de varios titubeos, declaró el estado de guerra el día 12 por la tarde para sofocar este atropello. Nunca se repetirían hechos como estos en los años de la república.

Elecciones a Cortes Constituyentes

En medio de esta conflictividad social y política se produjeron las elecciones a Cortes el 28 de junio. Votó más del 70 % del censo, en el que se había rebajado la edad de voto a los 23 años pero en el que todavía no votaban las mujeres. Las candidaturas conjuntas de republicanos y socialistas obtuvieron una victoria casi total, sumando las formaciones afines y las situadas más a la izquierda alcanzaron el 90 % de la Cámara. Socialmente estos partidos representaban las clases medias burguesas (pequeños comerciantes, intelectuales, funcionarios, etc.), y las clases trabajadoras (obreros industriales y agrícolas). Se trataba de un éxito de los presupuestos republicanos, pero en su seno se escondían contradicciones que se manifestarían ineludibles a las pocas semanas. El partido socialista era la minoría más numerosa, si bien la agrupación de los partidos republicanos burgueses representaba la opción política mayoritaria.

El 14 de julio, en medio de una gran algarabía popular, Julián Besteiro fue elegido presidente de las Cortes. La composición de la Cámara quedó así:

El PSOE había convocado un congreso extraordinario, inmediatamente después de conocerse los resultados electorales, para debatir la participación en el nuevo gobierno. Gano la postura “colaboracionista”, defendida por Indalecio Prieto, por el 56 % de los delegados presentes en el Congreso. Besteiro, curiosamente, había defendido una posición mucho más crítica con la Alianza Republicana, ya que consideraba que algunos partidos que la conformaban, en concreto el radical de Lerroux, defendía los intereses de la oligarquía económica. En este congreso también se aprobó un programa mínimo para la nueva Constitución; si bien los apartados más comprometidos apenas fueron defendidos en los debates constitucionales.

Pero a pesar de la indiscutible victoria y del clima de euforia que se respiraba en estos días, la violencia iba a marcar los meses veraniegos. Sin apenas tiempo para ocupar los despachos, el nuevo gobierno se encontró con la huelga de telefónica promovida por la CNT. El apoyo del gobierno a la empresa alargó el conflicto todo el verano, lo que llevó en algunos momentos a que la central anarquista realizara numerosos actos de coacción y sabotaje, incluido la colocación de bombas en Madrid y Barcelona. En Sevilla, en el mes de julio, la conflictividad social originó varios enfrentamientos entre huelguistas y la Guardia Civil en los que se produjeron varias muertes entre los primeros. A partir de entonces la espiral de violencia no dejó de crecer: se aplicó “la ley de fugas” a cuatro presos comunistas; se tomó la ciudad por el Ejército y la Guardia Civil; se bombardeó con artillería varias casas; etc.

El debate de la Constitución republicana

En medio de este clima de violencia y crispación social, comenzaron los debates constitucionales. El 29 de julio se nombró una Comisión Parlamentaria de 21 miembros, que reflejaba la composición de la Cámara, cuyo presidente era el socialista Luís Jiménez de Asúa. Con sorprendente celeridad se elaboró una propuesta constitucional, que el propio Asúa la definió como “avanzada y de izquierda, pero no socialista”. La propuesta se presentó al plenario el 29 de agosto, apenas mes y medio después de constituirse las Cortes; el debate del articulado comenzó el 16 de septiembre.

Los puntos que generaron mayores dificultades y divisiones entre el bloque republicano fueron:

o Definición del Estado. Tras una votación muy ajustada (170 a 152) se recogió la propuesta socialista que definía al Estado como: España es una república democrática de trabajadores de todas clases que se organiza en régimen de libertad y justicia.

o Estructura del Estado. En el articulado se eludió la estructura federal por una ambigua formula que permitía los estatutos de autonomía: La república constituye un Estado integral compatible con la autonomía de municipios y regiones.

o Asignación de competencias y organización de las autonomías. Fuerte enfrentamiento entre los nacionalistas y radical-socialistas y el resto. El PSOE defendió, en general, que el Estado asumiera en exclusividad gran parte de las competencias, en especial aquellas que garantizaran derechos laborales.

o Voto de la mujer. En general la izquierda se mostró contraria a este derecho. Victoria Kent, de la formación radical-socialista, decía que las mujeres españolas eran incultas, retrógradas y conservadoras; fue otra mujer, Clara Campoamor, del partido radical, quien defendió la igualdad de derechos. El resultado de la votación fue de 160 a favor por 120 en contra.

o Propiedad privada. En este punto el partido socialista defendió el interés colectivo frente a la propiedad individual. El proyecto establecía la subordinación de la propiedad privada al interés de la economía nacional y reconocía la expropiación y nacionalización por interés social. Esto chocaba de frente con los intereses que representaban los partidos republicanos. Besteiro, en un discurso memorable, defendió el articulado diciendo que era la única vía que permitiría a los socialistas luchar por sus objetivos dentro de la constitución; de no ser así se les enviaba directamente al camino insurreccionad. Esta situación estuvo a punto de provocar la ruptura del gobierno debido a la intransigencia de Alcalá Zamora, pero por el momento pudo salvarse; lo peor estaba por venir.

o Iglesia. La aconfesionalidad del Estado fue aprobada sin problemas; pero no ocurrió lo mismo con el artículo (el 26) que se refería a la libertad de cultos. En este artículo se sometían todas las religiones a las leyes del estado, se prohibía la financiación pública de cualquier confesión, se establecía la disolución de las órdenes religiosas y la nacionalización de sus bienes. Alcalá Zamora se mostró totalmente contrario a este artículo, y con la derecha reaccionaria posibilitaron una nueva redacción del proyecto a la que se opusieron los socialistas y los radicales-socialistas. La ruptura del bloque republicano parecía irremediable; Azaña, en una brillante actuación e intervención parlamentaria, intentó infructuosamente salvar el bloque republicano con una propuesta intermedia: disolución de las órdenes que tuvieran un cuarto voto de obediencia a una autoridad distinta al estado (los jesuitas); para las demás una ley especial que prohibiría que ejercieran la enseñanza. El artículo se aprobó con un amplio margen: 178 a favor contra 59, pero no evitó la ruptura: el 15 de octubre, Alcalá Zamora dimitió como presidente del Consejo de Ministros y Maura le acompañó.

El debate constitucional produjo una profunda herida, de la cual la República no supo, o no pudo, curarse, y sus cicatrices perdurarían a lo largo de los años. Además la crisis abierta por la cuestión religiosa, conjuntamente con la pretendida defensa de la “unidad de España”, fueron los principales argumentos que utilizó la derecha para vertebrar un discurso ideológico que le permitieron recomponer la unidad política.

La dimisión de Alcalá Zamora; Azaña presidente del gobierno.

La cuestión religiosa fue el detonante de la dimisión de Alcalá Zamora, pero no fue su única causa. La ruptura del bloque republicano se manifestó como inevitable en la elaboración de la Ley de Reforma Agraria, en la cual se vieron que los intereses de los grupos republicanos burgueses eran absolutamente incompatibles con los de los partidos de izquierda, en particular con el PSOE y los radicales-socialistas. El proyecto de Ley preveía expropiaciones por interés social, que en el caso de propietarios absentistas la indemnización se reduciría a la mitad, incluso llegaba a eliminarse en las propiedades de “origen feudal” (las de la nobleza y en especial de los Grandes de España). Para la derecha política, tanto la moderada como la reaccionaria, esto constituía una verdadera revolución, lo que hizo imposible la unidad gubernamental. De todas formas, la aprobación o revisión del proyecto de Ley de Reforma Agraria se pospuso a la aprobación de la constitución.

La crisis de gobierno fue resuelta por Besteiro en unas horas: Azaña se hacía cargo de la presidencia del Consejo y del ministerio de Guerra, Casares pasaba a ocuparse del ministerio de Gobernación, y Giral entraba en el gobierno como ministro de Marina.

El nuevo gobierno fue ratificando en general todos los decretos del gobierno provisional. Las principales leyes promovidas por ministros socialistas fueron:

o Ley de Defensa de la República (Fernando de los Ríos).

o Ley de Jurados Mixtos (Largo Caballero).

o Ley de Colocación Obrera (Largo Caballero).

o Ley de Asociaciones Profesionales (Largo Caballero).

o Ley de Intervención Obrera en la Gestión Industrial (Largo Caballero).

o Ley de Contrato de Trabajo (Largo Caballero)

o Ley de Ordenación Bancaria (Prieto).

Se aprueba la Constitución de la República Española
Tras la dimisión de Alcalá Zamora, el 15 de octubre, el debate constitucional fue a buen ritmo y el primero de diciembre estaba votado todo el articulado. El global del texto se votó el 9 de diciembre con un resultado de 386 votos a favor y ninguno en contra, si bien con 89 ausencias. Al día siguiente se elegía a Alcalá Zamora como el primer presidente de la Segunda República Española, con 362 votos a favor, 35 papeletas en blanco y 13 votos a favor de otros candidatos. Esta elección se había decidido el 2 de noviembre por los principales líderes de la coalición gubernamental. En esta reunión también se decidió prolongar las Cortes constituyentes hasta que se aprobara la legislación adicional al texto constitucional.

El problema estribaba entonces en la propia continuidad del bloque gubernamental. Los radicales de Lerroux consideraban que muchas medidas de gobierno tenían un carácter socialista que perjudicaban a amplios sectores de las clases medias; apostando por la salida del gobierno de los socialistas. Parece que Azaña participaba de esta opinión; pero las dificultades que en las cortes traería una decisión de este tipo cuando tocara aprobar la legislación complementaria y los presupuestos, le hizo modificar su postura.

Azaña dimitió el 12 de diciembre; el día siguiente, el presidente de la república encargó le encargó la formación del nuevo gobierno. Los radicales manifestaron públicamente su negativa a gobernar con ministros del PSOE, y, en consecuencia, su negativa a participar en el nuevo gobierno, si bien afirmaron que mantendrían el apoyo parlamentario a la coalición gubernamental.

El gobierno de Azaña presentaba en general pocos cambios y quedo conformado de la siguiente forma:

o Presidencia y Guerra: Manuel Azaña (AR).

o Estado: Luís Zulueta (independiente).

o Gobernación: Santiago Casares Quiroga (ORGA).

o Justicia: Álvarez de Albornoz (PRRS).

o Hacienda: Jaume Carne (AC).

o Obras Públicas: Indalecio Prieto (PSOE).

o Agricultura, Industria y Comercio: Marcelino Domingo (PRRS).

o Instrucción Pública: Fernando de los Ríos (PSOE).

o Trabajo: Francisco Largo Caballero (PSOE)

o Marina: J. Giral (AR)

El 17 de diciembre se presentó el nuevo gobierno que obtuvo el apoyo de todas las formaciones del bloque republicano. Se iniciaba el conocido como “bienio progresista” o “bienio reformista”

Epílogo
Después vendría:

o Castilblanco, Arrendó, Alto Llobregat…

o El ninguneo de los propietarios de fincas…

o Las conspiraciones. El alzamiento del 10 de agosto…

o El estatuto de Cataluña…

o La aprobación de la Ley de Reforma Agraria…

o La crisis económica…

o Casas Viejas…

o La reorganización de la derecha…

o La CEDA…

o Los titubeos fascistas…

o Las crisis de gobierno (Azaña, Lerroux, Martínez Barrios)…

o Las elecciones de 1933…

o La victoria de la derecha. El “bienio conservador”…

o Las insurrecciones anarquistas…

o La ley de Amnistía…

o El giro del PSOE hacia la revolución…

o La huelga campesina de junio de 1934…

o Los conflictos nacionalistas…

o El movimiento revolucionario de octubre de 1934…

o La represión…

o La Ley de (contra)Reforma Agraria…

o La crisis de la derecha, el “straperlo”…

o El Frente Popular…

o Las elecciones de febrero de 1936…

o La victoria del Frente Popular…

o Nuevo gobierno de Azaña, sin las organizaciones obreras…

o Azaña presidente de la República…

o De nuevo la Reforma Agraria…

o La traición de los militares, la insurrección de Franco…

o El fin de un sueño. El inicio de una pesadilla.

Pero, son otros capítulos y alguien las contará.

© Francisco Arroyo Martín. 2006

Para citar este artículo:

ARROYO MARTÍN, Francisco. El PSOE desde la proclamación de la Segunda República hasta la aprobación de la Constitución de 1931. http://franciscoarroyo.blogspot.com/. 14 septiembre de 2006.

[1] ¡Ojo! A 700 metros de la glorieta de Cibeles, donde, desde las cuatro de la tarde ondeaba la bandera republicana en el Palacio de Comunicaciones.
[2] También era presidente de la UGT
[3] Recordar que las elecciones del 12 de abril eran de carácter local, y que los partidos republicanos no participaron en ellas como opción de gobierno.
[4] 2.000.000 jornaleros y asalariados; 900.000 aparceros o arrendatarios; 1.000.000 de pequeños propietarios; y unos 100.000 medianos y grandes propietarios, de los cuales 10.000 eran importantes latifundistas que controlaban el destino de miles de familias.
[5] Marcelino Domingo (PRRS), Nicolau O’lwer (PCR), Fernando de los Ríos (PSOE).
[6] Recordar que, el ya general, Franco era el director del centro.

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